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'¿El ministro de Educación tiene hijos? Porque, si los tuviera, le dirían que está equivocado ¡Porque los videojuegos son lo máximo!', me dices, cuando comentábamos cómo se le fue el yoyo al funcionario al expresar su preocupación por la violencia, el carácter competitivo y egoísta de los videojuegos y sus perversos efectos en los niños.
ROGER SANTODOMINGO
El ministro Héctor Navarro tiene la pinta de pertenecer a ese grupo numeroso de personas que aún le teme a las tecnologías y a la dimensión virtual del mundo digital que no comprende. Pero piensa que él sólo sigue la línea trazada por Hugo Chávez que insiste en su afán de convertirse en el modelo de todo para todos. El Presidente y algunos controlados por su dedo ya han declarado que aspiran a que los niños de hoy sean 'los futuros Chávez' y que, como él, crezcan pacifistas jugando a la perinola (por cierto, ¿también prohibirán al ajedrez por golpista o crearán uno bolivariano con jaque indefinido?) Si para eso es la Nueva Ley de Educación, pasaremos muchas tardes rebeldes como la de ayer, riéndonos de esa perspectiva jugando con tu Xbox. Al cabo de un rato, está comprobado, pudiste dejar el control inalámbrico del juego para ponerte a hacer acordes con tu guitarra, por lo que no temo que caigamos en una peligrosa e incurable adicción. De hecho, es cierto que perdimos la noción del tiempo por un buen rato, pero al contrario de las drogas o el alcohol, la llamada adicción al videojuego se vence a si misma. Lo que nos atrapa son la curiosidad y la dificultad crecientes. Exactamente lo contrario ocurre con los vicios donde el adicto tiene la ilusión de que el consumo le facilitará la vida, mientras que la abstinencia se la amarga.
A mí la perinola, el gurrufío y muchos juguetes tradicionales me parecen muy bonitos objetos decorativos, vagamente nostálgicos.
Será porque nunca fui campeón en ninguno (salvo machacándome los dedos), pero con el Atari sí que fui un verdugo del PacMan, del Space Invaders, y decenas de otros juegos hoy considerados 'vintage' o de culto.
Pero las críticas contra los videojuegos son recurrentes, especialmente por los padres preocupados. Por eso he investigado lo que se sabe de sus efectos. Para nuestra tranquilidad, el balance es positivo a favor de los videojuegos: aumento en la coordinación ocular y motora, desarrollo de la creatividad y de la capacidad de abstracción, pero, sobre todo de la capacidad de aprendizaje y asimilación de nueva información son algunos de los beneficios que más pueden destacarse de una tarde como la que tuvimos ayer.
Claro que nada debe ser ilimitado. Por ejemplo, no acepto que juegues ese que trata de un ladrón de autos, ni el otro en el que una ciudad es poseída por todos los pecados. Pero, para eso estamos los padres, para orientar a nuestros hijos en lo que es apto para ellos y lo que no. Yo no dejaría a Navarro decidir por mí en esa materia.
Tampoco puede haber algo prohibido simplemente porque a mi me da la gana. No se debe caer en extremos. A principios de los 80, el dictador filipino Ferdinand Marcos prohibió las máquinas de videojuegos porque según él destruían a la sociedad (al parecer, mucho más que la corrupción de su gobierno y sus esbirros enriquecidos).
Hubo una época en que se despreciaba como 'bohemios de las computadoras' a los jóvenes que arruinaban su tiempo en libros de programación de software y videojuegos. Entre estos jóvenes 'adictos' se encontraban adolescentes como Bill Gates y Steve Jobs.
Para mi que este país necesita más unos Gates y unos Jobs que millones de chavecitos. Así que quédate tranquilo que, mientras tenga vida, ningún loco e' perinola te quitará tu derecho al videojuego.
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| Fecha publicada: 19/08/2009 Fuente: TalCual Tema: educacion
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