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Cuarenta años de democracia representativa dejan huella, tanto para los vicios como para las virtudes y una razón por la que la oposición no ha logrado estructurar un gran movimiento de masas, pese a contar con medio país para hacerlo, estriba en la mentalidad del compromiso, del acuerdo, de la negociación, del lobby y el trapicheo. Que sea malo o bueno no es asunto que nos corresponda juzgar en esta ocasión. Se trata de hechos y hábitos que dominaron un trecho durante el cual el país estuvo cerca de alcanzar niveles de convivencia democrática y reparto del poder que están a punto de desaparecer por completo.
El ingreso seguro de divisas facilitó en principio un sistema que rompió las viejas prácticas de la política primitiva del alzamiento, las montoneras y los caudillismos, donde la fuerza era el único argumento posible en la lucha política. El asunto alcanzaba para todos, era posible reconocer la existencia hasta de los más insignificantes y el reparto de cuotas, de sectores, de espacios geográficos, de presupuestos y sinecuras, dejaba a todos, o casi, todos, satisfechos.
Los trabajadores se acordaban con los patronos, los patronos se entendían con el gobierno, el gobierno negociaba con los partidos, los partidos se repartían cargos legislativos, los intelectuales cabían en el Conac, el de la universidad era un territorio reservado a la izquierda, en Pdvsa predominaban los tecnócratas, en las Fuerzas Armadas los generales burócratas, la Iglesia (con excepción de los curas de la Teología de la Liberación) no se inmiscuía en el ámbito laico y los medios reflejaban esta realidad en medio de un país que se fue depauperando. Fue así como volvieron los cuartelazos y en una suerte de festín nacional de la locura casi todos los sectores celebraron el advenimiento de una nueva era 'Nuevos hombres, nuevos procedimientos, nuevos ideales', dijo Cipriano Castro en 1899 y lo mismo diría Chávez, a su manera, casi un siglo después.
Todo cambió menos los políticos, quienes siguieron en lo mismo, incluso los nuevos, empeñados en la creencia de que con este gobierno es posible acordarse, repartir y compartir. Así, prendados de su credo, los han ido crucificando año tras año, mientras ellos, a diferencia del pasado, no se ponen de acuerdo. Con eso no estamos llamando a la insurrección armada y mucho menos al golpe, sino a una actitud más resuelta. Hay que fajarse en el centro del ring con Chávez y una forma de hacerlo es repitiendo hechos notables como el protagonizado por un pequeño grupo de valientes, con el padre Ugalde, Bianco, Sharifker, Ecarri, los estudiantes y otros pocos más a la cabeza. Claro, no pueden ser doscientas personas, sino una masa organizada, clara en el riesgo que asume y dispuesta a hacerse respetar por los violentos.
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| Fecha publicada: 19/08/2009 Fuente: El Universal Tema: politica
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