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La incapacidad del régimen para concretar sus promesas, es directamente proporcional a la inexorabilidad en el cumplimiento de sus amenazas.
Mientras el balance de diez años de gestión gubernamental se mantiene en neutro, su avance por imponer un proyecto político totalitario revienta cualquier marca previsible.
Mientras los venezolanos rezan cada día el larguísimo rosario chavista de promesas incumplidas, cuyo amén conclusivo conduce a la certeza de que, sí hipotéticamente el régimen dejara hoy mismo el poder, no tendría ni una sola obra o proyecto de avance que mostrar, en franco contraste con los de la tan difamada cuarta república. Porque ni las misiones, tabla de salvación política ideada en Cuba e implementadas a los realazos ante la posible derrota en el referendo revocatorio, se salvan en esa suerte de tabla rasa en que la revolución ha convertido al país en una sola y apocalíptica década demencial.
Como todo pueblo llano al fin, el venezolano exhibe su inextinguible sentido del humor aún en las circunstancia más extremas, preguntándose cada ocaso de domingo, qué nuevo gallinero vertical o cultivo hidropónico se le habrá ocurrido al supremo líder, para engrosar su ya larga y desternillante antología del absurdo gubernamental, para lograr la soberanía alimentaria. Pero, solapado entre jodas y sonrisas, también cada domingo, en el silencio introspectivo de la noche, piensa y reflexiona con enconado dolor, ante el cepo de campaña que amenaza con torturarlo, amarrándolo sentado con un fusil entre los brazos y las corvas.
Paso a paso, la gente desgrana memoriosa, lo que su acendrado ideal democrático juzgó en su momento como imposibles: el arrebatón de todos los poderes públicos, el control de los medios estratégicos y de producción, el desconocimiento a la voluntad popular y a la propiedad privada, la conculcación de derechos civiles tan básicos, como opinar individualmente o manifestarse en colectivo.
En medio de este último bache no eleccionario, el país ha visto cómo fuerzas impunes y enfurecidas pisan la chola del proceso envilecedor del socialismo patria o muerte, reinterpretando, creando y aprobando leyes para continuar cerrando el cepo alrededor de las muñecas del soberano: la de los procesos eleccionarios, para reacomodar los circuitos a su antojo y resultar imbatibles, la relativa a tierras urbanas para ningunear a legítimos propietarios, la del resorte que hizo saltar al unísono a una treintena de estaciones de radio, la de educación para la ideologización alienante y la de delitos mediáticos, táctica y temporalmente soslayada, pero de programada aprobación, para el control hegemónico de la información y jaque mate a la libertad de expresión.
Cuando el cepo finalmente se anude, el país sucumbirá en medio de un sepulcral silencio.
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| Fecha publicada: 19/08/2009 Fuente: TalCual Tema: politica
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