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Puede que los problemas con el fluido eléctrico nos hagan más sensibles a ciertos temas de largo plazo que normalmente pasan desapercibidos para la población. Para cualquiera resulta bastante obvio que una represa con sus turbinas o una central termoeléctrica -ni que decir de cualquier otra forma alternativa de generación de electricidad- requieren de planificación e inversiones a futuro. Tales insuficiencias o imprevisiones se hacen evidentes para el ciudadano común en forma de oscuridad e incomodidad que le recuerdan de forma inequívoca que lo que no se hizo en el pasado se paga con creces en el presente.

Existe una gran cantidad de materias donde la planificación del futuro es indispensable para el buen desempeño de las instituciones que prestan bienes y servicios económicos y sociales. Aunque quizás no con la brutal contundencia de un corte de luz; sin embargo, se producen grandes déficit de atención social cuando no se consideran los cambios que, con el tiempo, van modificando los problemas salud o educación. Lo que a la postre, y de no atenderse, significarán pérdidas de años de vida, abandono temprano de la escuela e improductiva inserción laboral.

Aunque sin el impacto general de los cortes eléctricos y lo que ello evidencia a la población sobre las consecuencia de no haber pensado en el largo plazo, los mismos problemas de falta de previsión impactan a los jóvenes que hoy no encuentran oportunidades de empleo o de estudio por culpa de unas políticas públicas que se mantuvieron inercialmente haciendo lo mismo por décadas.

En el campo de la salud algo similar está ocurriendo sin que al parecer ninguno de los responsables de las políticas sanitarias del país se esté dando cuenta de ello. El envejecimiento de la población va a convertir a poco más del 15% de los venezolanos en mayores de 65 años dentro de menos de 25. Ciudadanos para los cuales la pírrica cobertura de la pensión del tamaño de salario mínimo no va a poder cubrir sus necesidades de atención médica, medicamentos e incluso cuidados y atención las 24 horas del día.

¿Alguien en Venezuela está considerando estos temas? ¿Por casualidad alguien ha visto a algún parlamentario sacando la más elemental cuenta sobre cuánto debe ser la inversión y la previsión de recursos para atender a la población de la tercera edad del futuro? Claro que no. Nadie parece reparar en el hecho de la evidente transición demográfica que está transformando al país y que debería cambiar muchas de las prácticas e interpretaciones que tenemos sobre nosotros mismos.

La más elemental aproximación a estas tendencias da cuenta de que cada año tendríamos que abrir unas 300 empresas para emplear a 1.000 trabajadores cada una, si queremos que los más de 300.000 venezolanos que ingresan anualmente al mercado de trabajo encuentren una oportunidad digna y productiva para ganarse la vida. De igual forma necesitamos centros de formación profesional y mayores vinculaciones entre la educación media y el sector productivo, si queremos superar el inviable modelo de educación superior que se les plantea a los jóvenes como modelo de vida.

Nuestros adultos mayores siguen siendo un tema pendiente y sobre ello sólo muy pocas instituciones privadas brindan opciones para familiares y personas mayores que van a transitar sus últimos 10 ó 15 años de vida con dolencias que van desde cualquier enfermedad crónica y degenerativa, hasta los cada vez más comunes problemas de salud mental.

Estos problemas no deberían tomarnos por sorpresa. Igual como puede resultar sorprendente que la predecible tendencia del consumo eléctrico debió ser acompañada por inversiones para la generación y distribución de la electricidad que íbamos a necesitar, las demandas de servicios sociales producto de los cambios demográficos deberían indicarnos las inversiones y cambios de políticas sociales por hacer.

Lamentablemente las imprevisiones en materia social no tienen la contundencia e impacto global que tiene la falta de inversiones en la infraestructura. Se vive privadamente. Un joven desertor, un desempleado, un trabajador mal pagado o un adulto mayor sin recursos para mantener su calidad de vida, puede leerse como un problema de la familia, cuando en verdad es padecido por toda la comunidad a consecuencia de las mismas imprevisiones que hoy explican los apagones.

Aprovechemos la sensibilidad que hoy tiene la población frente a los problemas de largo plazo en el área de la infraestructura para formular otros, de tipo social, que no por menos visibles son menos importantes. REGRESAR


Fecha publicada: 18/02/2010
Fuente: El Mundo
Tema: salud
Tags: Crisis eléctrica en Venezuela


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