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Conocí a Paco Cabrera a comienzos de la década del 90 del siglo pasado.
Recién cuando empezó a trabajar con Henrique Salas. Nos presentó Gerardo Saer, a la sazón secretario general de Gobierno de Salas Römer. Se encargaba de Fundadeporte. Me llamaron la atención las dificultades para la expresión oral, que siempre tuvo. Fue la primera vez que enfrenté ese fenómeno: un político que no hablaba con fluidez. Y sin embargo, de gran éxito. Con el tiempo encontré la respuesta a ese fenómeno: Paco era un artista más que un político. Cargado con una comprensión de la gente y de las tareas a realizar con un espíritu de artista. Ubicar las cosas y la gente como si se tratara de una obra de teatro. Cada quien y cada cosa en su lugar. Y le daba resultados.
Dotado, como artista, de una gran delicadeza visual, sus obras estaban cargadas de ese fino sentido estético que a todos asombra.
Que a mí, por lo menos, me asombraban. Su casa, con amplios salones, tenía libros de arte para entretener a los visitantes y sus paredes albergaban cuadros de insignes artistas como Soto y Cruz Diez, por ejemplo. Y esculturas, también de renombrados artistas.
Un día Paco me invitó a que lo acompañara a Bogotá, donde tendría una entrevista con un célebre escultor colombiano. Lamentablemente, no se dio el viaje. Pero alguna obra de arte le encargaría, para solaz de los valencianos. Paco era un inteligentísimo consumidor de arte y el placer que derivaba de ello quería compartirlo con sus congéneres. Pero tenía un extraordinario ojo para sus empresas políticas. Nunca se embarcaba en aventuras políticas a las que no les viera perspectivas. De allí que su rompimiento con Salas Römer nunca tuvo lugar en las páginas de los periódicos. Estimaba que al salismo no le había llegado su hora. Experto en medir a los hombres, Paco sabía que tarde o temprano a Salar Römer le llegaría su momento. Cuando le hablaban de su candidatura a la Gobernación del Estado, siempre daba respuestas enfundadas en sus habituales ronroneos que nada decían. Eso lo dejaba al futuro. Con la muerte de Paco Cabrera desaparece un venezolano que pudo darle grandes cosas al país. Aspiraba a ser ministro de Turismo de algún gobierno interesado en desarrollar esa área, o tal vez, gobernador de Carabobo, cuando sintiese que los Salas llegaron a su nivel de incompetencia. Pero aportar a lo grande, como era todo lo que se proponía en la vida. A lo grande y con calidad. Tal vez San Pedro lo use para reformar los espacios del Cielo, que es donde debe estar Paco Cabrera. REGRESAR |
| Fecha publicada: 15/03/2010 Fuente: TalCual Tema: politica
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