En Colombia parece estar decidiéndose la suerte de la América del Sur para los próximos tiempos.
La batalla política y militar que allí se libra en este momento puede darle una victoria contundente a la derecha encarnada en la coalición presidida por Álvaro Uribe o podría, aunque este desenlace sea harto remoto a la luz de las realidades presentes, inclinar la balanza de la gloria, el prestigio y el poder hacia el bando opuesto. La singularidad de la situación colombiana en nuestro continente estriba en que la lucha política ha conducido a una polarización, que podría llamarse obsesiva, de las fuerzas representativas, tanto de clase como de identificación ideológica. La gran burguesía manufacturera ha terminado rodeando, sin reservas ni distanciamientos, al Presidente Uribe y las fuerzas opositoras empiezan a compactarse. De este cuadro se desprende, como acabamos de señalarlo, una perspectiva de polarización rotunda que constituye hoy el rasgo dominante de la política en Colombia y que pasa por el meridiano de la suerte que corran los grupos que adelantan la lucha armada en la guerra larga de medio siglo que tiene por teatro el vasto escenario del hermano país.
Después de varias tentativas ridículas de negociación de la paz por la vía de conversaciones diplomáticas, la guerrilla parece convencida de algo que es obvio: con Álvaro Uribe en la Presidencia no hay, no puede haber paz por esa vía. La hora protagónica de doña Piedad Córdova, que desde hace algunos años parecía estar sonando en varios relojes de Colombia, se convierte de pronto en una estupidez. La oligarquía colombiana no se sentará con seriedad en la mesa de conversaciones, sino cuando la guerrilla sea capaz de propinarle golpes que afecten el funcionamiento del aparato productivo.
Ahí sigue estando la principal debilidad de la guerrilla, quien vea un mapa de Colombia captará una realidad inequívoca que sentencia a los rebeldes.
Tienen éstos, es verdad, vastos territorios bajo su control.
Destacamentos guerrilleros, en algunos casos, ejerciendo funciones de autoridad en un orden creado como consecuencia de sus triunfos militares, controlan dilatadas regiones del país, pero ninguna de ellas tiene importancia alguna. La guerrilla se asienta, en la casi totalidad de los casos, sobre comarcas remotas que en nada, o en muy poco, gravitan sobre la vida nacional. Es como si en Venezuela una guerrilla con vasto margen de recursos y acosada por las fuerzas militares del régimen bolivariano lograra controlar la Gran Sabana y algunas zonas en el Estado Amazonas. Los grandes centros del país ubicados todos ellos al norte del Orinoco y del Apure seguirían, sin duda alguna, operando a ritmo pleno, aunque la guerrilla maniobre en las regiones mencionadas. Una situación similar ocurre hoy en Colombia, las tropas rebeldes se han consolidado en las márgenes del Putumayo y del Caquetá, del Vichada y del Vaupés, ríos remotos que mojan regiones periféricas del territorio colombiano. Aunque tales regiones estuvieran en manos de Satanás o de San Pedro, la vida colombiana no sufriría el menor trastorno.
La guerrilla viene sufriendo una contracción elocuente desde que Álvaro Uribe, como jinete de un Apocalipsis reaccionario, llegó por vez primera a la Presidencia de Colombia en 2002. En aquel momento la guerrilla operaba en departamentos tan importantes para el sistema político y el orden económico de Colombia, como Antioquía (Medellín), Bolívar (Cartagena), Sucre (Sincelejo) y Córdoba (Montería) donde radica tal vez el cincuenta por ciento de las actividades económicas que tejen la vida colombiana y, además, por donde pasan las vías comerciales de mayor magnitud en la economía. Álvaro Uribe, llegó a la Presidencia con un plan ominoso, pero certero: buscaba expulsar de tales zonas, mediante ofensivas militares de gran potencia, a la guerrilla.
Los recursos para operaciones de tal envergadura los obtuvo o fueron provistos por Estados Unidos. Hoy día no sobrevive un solo destacamento guerrillero en las zonas enumeradas. No sólo hubo un gran despliegue de tropas para las batallas que el ejército desencadenó en tales departamentos, también la estrategia social se dio la mano con la militar. El Pentágono, el Estado Mayor colombiano, o la corte de Belcebú, se dieron cuenta de la importancia que tenía para la guerrilla la base social campesina en las regiones liberadas.
Valiéndose o aprovechando a los paramilitares, los cuales cometieron crímenes nefandos, sembraron allí el terror que facilitó la ocupación de tales zonas por el ejército regular.
En el 2002, cuando comienza su mandato Álvaro Uribe, la guerrilla dominaba porciones más o menos significativas de los departamentos arriba mencionados y de los de Valle del Cauca (Cali) y Chocó (Quibdó). Cuando Uribe juró por segunda vez en su cargo, ya la acción terrorista de los paramilitares combinada con la brutalidad del Ejército, habían separado a la guerrilla de su base social. Así fue como la guerrilla quedó relegada a zonas marginales del territorio colombiano como las riberas del Putumayo en los límites con Ecuador o las zonas fronterizas del Catatumbo. Los paramilitares, cumplido su objetivo de terror y muerte, no tienen ahora tarea ni ocupación cónsona con su poderío. De allí que tengan que ofrecer sus servicios a líderes de países vecinos como ocurrió en las elecciones del Táchira donde su intervención en municipios como San Antonio del Táchira y Ureña dio la victoria a las listas del gobernador Pérez Vivas. Otros paramilitares trabajan también bajo tarifa, como los que recorriendo de la manera más desembozada vastas comarcas del Táchira, transitaron más de cien kilómetros dentro de Venezuela, sin ocultar sus armas, para exterminar en el Estado Barinas a un grupo de guerrilleros del ELN que jugaba fútbol. Si nos descuidamos, podría suceder que los paramilitares colombianos restauraran la Gran Colombia… REGRESAR |