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Algo debe andar muy mal en un país que se supone democrático para que una parte de su población civil sea obligada, o por lo menos conminada, a uniformarse recurrentemente con los colores del partido de gobierno. Y ya lo sabemos: que un sector de la población sea compelido a uniformarse ­de rojo, en el caso venezolano­ significa que, consciente o inconscientemente, esa masa está siendo entrenada y sometida a la lógica de la disciplina militar.

No es que la militar, la policial y, en general, todas las fuerzas armadas, sean la única institución social que exige a sus miembros vestirse de uniforme. Pero cuando alguien dice 'los uniformados', con excepción de los bomberos, no queda duda de que se refiere a un cuerpo armado.

Y es lógico. En todas las sociedades, sean capitalistas o comunistas, democráticas o totalitarias, sus fuerzas armadas necesitan del uniforme para que sus miembros identifiquen a sus iguales, reconozcan las líneas de mando y, sobre todo, se distingan de quienes no tienen su misma condición. Es decir, de los civiles. Porque los militares, en tanto les corresponde, al menos teóricamente, ejercer el monopolio de la fuerza bruta que confieren las armas, deben asumir un tipo de disciplina especial, distinta de la de los civiles, y esa disciplina, la obligación de no debatir las órdenes que reciben de sus superiores, debe ir subrayada visualmente con la uniformidad de la vestimenta.

Por eso el papel del uniforme como instrumento de coerción social ­eliminación de la individualidad y sometimiento al mando único­ aplicado a los civiles ha sido estratégicamente manejada por los regímenes colectivistas, militaristas y totalitarios. Como muestra un botón: el esfuerzo del Partido Comunista chino, en medio de la llamada Revolución Cultural, por imponer a toda su población una misma y única vestimenta conocida en el mundo como el 'traje Mao'.

No hay nada ingenuo en estas decisiones. Lo civil y lo democrático se han caracterizado siempre por lo plural, lo diverso, lo multicolor. Hasta podría establecerse una ecuación: a mayor democracia de un país, institución o colectivo, menor grado de uniformidad en su vestimenta. Es la distancia entre un mitin nazi, signado por la uniformidad de las de camisas negras, y, por ejemplo, una protesta antiglobalización, siempre diversa, plural, multicolor.

Imaginemos por un momento que Mujica, Zapatero o Lula, para hablar de tres presidentes de gobiernos democráticos, se presentaran en público junto con su tren ministerial vestidos todos uniformemente con los colores de los respectivos partidos políticos de los que fueron candidatos. Pues, el país entero estallaría de risa. 'Estos se volvieron locos', dirían los ciudadanos. Pero también de rabia. Y, de inmediato, los medios de comunicación y la Asamblea Nacional pedirían una investigación para sancionar el ventajismo de una casta política que excluye, y de alguna manera deja de representar, ofende y maltrata, a una parte respetable de la nación: aquella que no votó por el partido de gobierno.

Pero en la Venezuela militarista del presente eso no importa. Cual consejo de ministros de república bananera, los jerarcas del Gobierno bolivariano andan en público aplaudiendo al Presidente vestidos todos de rojo. En los aeropuertos vemos a grupos de funcionarios gubernamentales que, como amenazantes enjambres de abejas, suben a los aviones uniformados de camisas y chaquetas rojas.

Las asambleas de trabajadores de empresas públicas como Pdvsa son absolutamente rojas. Y las ganancias de las empresas que fabrican franelas y gorras rojas para uniformizar las marchas y mítines del Gobierno o del PSUV (que a los fines del dinero público es lo mismo) se cuentan por miles de millones. Los colores de Conviasa, la empresa aérea gubernamental, es de un anaranjado cada vez más rojo. Y hasta el portal web de la Cantv, la telefónica estatizada por el socialismo del siglo XXI, ha dejado de ser azul, y ha sido sustituido por la imposición del rojo psuvista que irrespeta de manera canalla a los clientes que son sus usuarios pero no comparten el proyecto bolivariano.

Dime cómo te vistes, o cómo quieres que se vistan tus seguidores, y te diré quién eres. REGRESAR


Fecha publicada: 19/07/2010
Fuente: El Nacional
Tema: politica

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