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Rosa Elena Aponte Bonilla tiene 38 años de edad y es padre y madre de 5 hijos, la mayor de 22 años y la menor de 8 años.

Siempre tuvo alma de emprendedora. Después de trabajar 14 años en Rena Ware decidió independizarse. 'No sirvo para ser empleada ni para estar encerrada dentro de cuatro paredes frente a un computador'.

Comenzó a preparar y ofrecer salsas caseras para pastas. Luego vendió queso por un año y desde mediados de 2002 exploró un área de negocio poca explotada que le dio resultado: la comercialización de agua de coco y cocadas, negocio del que vive. Sin duda tiene habilidad para el comercio, pero asegura que no viene de familia: 'Mis padres eran comunistas de convicción'.

Cuando vendía quesos viajaba semanalmente a Carora a comprar el producto que expendía en un mercado que instalaban los militares los fines de semana en el Paseo Los Próceres, en Caracas. En una oportunidad, el autobús en el que venía con la mercancía se accidentó y no llegó a tiempo para ofrecer el queso en el mercado. 'Un amigo me puso en contacto con un detallista para no perder la mercancía', recuerda. Y aunque la intención del amigo era ayudarla la precipitó, sin querer, a la quiebra. 'Eran 300 kilos de queso, que representaban alrededor de 500 bolívares (500.000 de los anteriores) y me pagaron 8 meses después; eso me afectó mucho pues era todo mi capital de trabajo', cuenta. En esa época vivía en Las Trincheras, estado Carabobo.

A la botella. 'No sabía qué hacer, decidí buscar otro negocio y me interesé en la franquicia Coco Express, que estaba comenzando, pero me dijeron que el monto inicial de inversión era de 15 millones de bolívares (15.000 de los de ahora). ¿De dónde iba a sacar esa cantidad de dinero?', se decía.

Pero el interés por vender ese producto le quedó en la mente.

Se preguntaba ¿qué tan difícil puede ser envasar y vender agua de coco? La respuesta fue inmediata: agarró las páginas amarillas, buscó una fábrica de botellas de vidrio, la consiguió y compró un lote.

Con el mayor de sus hijos varones, que hoy tiene 19 años de edad, y con tres termos grandes se fue para el peaje de Tucacas, en Falcón, donde hay una hilera de 9 kilómetros de matas de coco. 'No conocía a nadie y pregunté de finca en finca si me podían vender cocos. Un señor me dijo que él me podía tumbar 300. Salí de allí con los 3 termos llenos de agua de coco'.

Cuando regresó a Las Trincheras se dio cuenta de que el agua envasada en dos de los termos se había dañado. No se desanimó. Con el líquido que quedaba en el tercero envasó alrededor de 70 botellas de 300 mililitros y se fue para la plaza Bolívar de Valencia. El primer día vendió 13 botellitas 'entre carreras, porque la policía no permitía vendedores ambulantes en la plaza', relata. Esa primera venta la hizo Aponte a finales de 2002, durante lo que ella llama 'el preparo', antes de finales de diciembre. 'La gente estaba en la calle y salí rápido de las botellas que me quedaban'.

A la capital. Después de ofrecer agua de coco por las calles de Valencia, Aponte decidió trasladarse a Caracas. El primer día no vendió nada. 'Esa noche me quedé en casa de una tía que vive en Los Palos Grandes y uno de mis primos me sugirió que me fuera a la entrada de Sabas Nieves, en el Ávila, y ofreciera el agua de coco. Así lo hice y me fue muy bien', asegura. En 3 horas vendió 46 botellas. Me dije: 'Este es el punto, aquí me voy hacer millonaria'.

Comenzó a viajar todos los días, de lunes a viernes, desde Las Trincheras hasta Caracas para vender el producto. Al inicio le fue muy bien y la confrontación política que vivió el país a finales de 2002 la ayudó. 'Los caraqueños invertían el tiempo libre que les dejaba el paro en subir al Ávila, y el agua de coco se vendía muy bien'.

Pero en poco tiempo la situación cambió. El paro dejó sin empleo a muchas personas y de 6 vendedores que había en la subida a Sabas Nieves pasaron a ser 37. 'La policía comenzó a solicitar permisos para estar allí, que yo no tenía'.

Inmediatamente empezó los trámites para obtener la autorización. Luego de mucho 'forcejeo' con las autoridades de Inparques y del Ministerio del Ambiente, lo logró casi seis meses después. 'Esa temporada fue muy dura. Todo el tiempo lo invertí en conseguir el permiso y no generaba dinero', rememora.

El 10 de abril de 2003 volvió a Sabas Nieves y se mudó a Caracas. Pero para su sorpresa había otro vendedor de agua de coco en el sitio. Eso no la amilanó pues ya tenía una clientela cautiva que no la dejó.

A centros comerciales. Después de formalizar su puesto en el Ávila, Aponte se planteó otra meta: crecer. Poco a poco la alcanzó y en 2008 el negocio tuvo dos impulsos. Le fue bien en la Feria del Libro de ese año y participó en el Programa de Formación para Microempresarios que ofrece, gratuitamente, el Instituto de Estudios Superiores de Administración.

'En el IESA obtuve el premio al Mejor Desempeño, por el que me dieron 13.000 bolívares, con eso mandé a hacer el molde del carrito y pagué la primera parte de su construcción', dice.

El agua de coco se convirtió en su mejor socio. Al poco tiempo recibió un crédito por 52.000 bolívares del desaparecido Banco Confederado, con el que terminó de construir el carro de venta y adquirir 2 regriferadoras, 5 cavas, otra licuadora y materia prima.

A comienzos del año pasado el Banco del Tesoro le concedió un préstamo de 34.000 bolívares, con el que comenzó a trabajar en la construcción de una envasadora de agua de coco. 'No la he terminado, pero ya tengo el local en Tucacas. La idea es que mi negocio se formalice totalmente, por ahora todo el proceso es artesanal y empleo a 4 personas para que trabajen conmigo'.

También n 2009 empezó los trámites para instalar su primer carrito en un centro comercial, reto que está próximo a cumplirlo en Sigo La Proveeduría, en Margarita. 'En estos momentos los documentos están en el registro, apenas estén listos, con el favor de Dios, podré instalar mi primer carrito de agua de coco en un centro comercial'. REGRESAR


Fecha publicada: 19/07/2010
Fuente: El Nacional
Tema: franquicias

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