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¿Cuánto cuesta el pasaje?, pregunta Cristian, de 5 años de edad y abre lo más que puede esos ojos brillantes que se comen su cara pequeña. Poco a poco se acerca a esa señora que llegó averiguando (sus primas dicen que es una periodista) y le jala la falda con firmeza, para que le haga caso a él, que es el más chiquitico del grupo. Ella está ocupada entrevistando a todas las niñas que son más habladoras que él. Una de las primas jura que van a salir en televisión y pestañea coqueta al fotógrafo, otra de las muchachas le dice a Cristian que no sea maleducado, que no le jale más la falda a esa señora, que la deje trabajar, que no pregunte más.
Ese viernes fue raro para Cristian. Todo empezó así: estaban, como todos los días o casi todos, al borde de la carretera Caracas-La Guaira. Sus casas están allí, en Macayapa, y se reúnen en ese sitio que ya se ha convertido en el club social de la pandilla de chamos, aunque no sea más que un pedacito de acera. Ahí montan el centro de la parranda: la mesa de juegos. Es fácil hacer una mesa: se pone una tabla sobre un guacal de refrescos y listo.
El grupo, de 8 o 9 niñas, lleva un buen rato jugando cartas.
A Cristian no lo invitan porque dicen que es muy pequeño, pero no importa, él se queda observándolas: en su barrio no hay mucho más qué hacer.
Lo otro sería quedarse en casa viendo televisión, pero estaría solo. Prefiere ese borde de carretera, no sólo porque están todas ellas, que son grandes y se divierten lanzando barajas de espadas, de copas, de oro, sino porque puede ver los vehículos que suenan duro: aquí va un camión de gasolina, allí un carro rojo, más allá una camioneta llena de gente, ahí un autobús chocado.
Entonces hace su aparición la periodista, preguntando qué planes tienen para las vacaciones. María Daniela Nieto, de 11 años de edad, es la primera en hablar. No aguanta la tentación de farandulear. Sólo tiene una respuesta sobre lo que hace en sus días sin escuela: "En vacaciones voy a la iglesia". Se refiere al templo evangélico que está cerca de su casa. Esa es la actividad regular de los domingos. Otras salidas suenan tan lejanas que las vocales se hacen largas al describirlas: "A veeeeeeeces voy con mi mamá a Catia, a comprar ropa". Dice que muy de veeeeeeeez en cuando va para el Parque del Oeste y que es mucho más raaaaaaaaro para ella cuando va para la playa, quizás lo hace una vez al año. De resto no dice mucho más: "Juego con mis primas o les enseño a mis hermanos porque no salieron bien en el colegio". En diciembre tiene la salida en mayúsculas: viaja a Maracaibo a visitar a la familia. "Mi plan vacacional son mis amigas", dice tranquila mientras sigue jugando la nueva partida de cartas, con la autoridad del que va ganando. María Daniela cuenta que en su casa también ve televisión (no tiene cable), sobre todo las comiquitas. Cuando quiere ver una película, su mamá se la compra quemada y la ponen en el DVD.
Adanys Nieto, la mamá de Daniela, está parada por ahí, cerca de las niñas. Están en el borde de la carretera, tampoco es para dejar a los muchachos solos. Reconoce que sólo salen del barrio cuando se puede. "A mí me da cosa, las niñas se quejan porque muchas veces no las podemos sacar. Cuando tenemos plata las llevamos al centro comercial Propatria o a McDonalds".
Angélica Quintero, de 13 años de edad, es otra de las niñas que juega en la mesa que se tambalea. Cuando no son las cartas, se divierte con el escondite, pero siempre ahí, en Macayapa. Sus días de vacaciones parecen una copia al carbón de los de María Daniela: los domingos va a la iglesia con su mamá, y de vez en cuando a la tienda Traki que está en Propatria. En su casa ve televisión; tiene una computadora sin Internet, pero está guardada porque no la usa.
Andreína Acosta, de 12 años de edad, otra de las jugadoras, se siente un poco más afortunada que sus compañeras porque los domingos sale del barrio y se va con su mamá a visitar a su hermana que vive en la avenida Andrés Bello. Ha ido a Colombia alguna vez porque allí está la familia de su padre.
Y una vez subió el cerro Ávila, no en el teleférico, sino caminando. Sin embargo, confiesa con decepción y sinceridad: "Mayormente me aburro, me aburro y me aburro".
El fastidio del venezolano
"La pobreza no sólo es mala, sino cara y aburrida", afirma el sociólogo Luis Pedro España en su libro Detrás de la Pobreza, diez años después, publicado por la Universidad Católica Andrés Bello en 2009. "Las actividades dentro de casa con amigos y familia son las más populares entre la población. Lo otro que queda para los pobres es la iglesia y la playa. Cualquier otra cosa es sólo una minoría la que la practica".
Dentro del Estudio sobre la Pobreza en Venezuela de 2007, España incluyó un instrumento para indagar sobre el tiempo libre. Los expertos en comunicación Marcelino Bisbal y Pasquale Nicodemo se hicieron cargo de la investigación, a través de una encuesta que fue aplicada a 1.203 personas.
Las historias de las niñas que juegan cartas con sus primas y que no salen tienen espejo en las cifras del estudio: mientras 49% de las personas de los estratos más pobres pasa el tiempo libre visitando a la familia; 24,9% asiste a oficios religiosos; 21,2% a la playa; 18,5% a parques o zoológicos; 9,4% pasea por bulevares o plazas; 6,9% visita paisajes naturales; 6,4% lugares históricos y 4% va a los museos. Ver televisión es la actividad más popular en el país: 3 de cada 4 venezolanos lo hace todos los días.
Los que no son pobres consumen más programas durante los días laborables, pero los de escasos recursos lo hacen más los fines de semana. "Crece el consumo a través de aparatos de comunicación masiva en el ámbito familiar, no es muy distinto en los diferentes estratos socioeconómicos, lo que varía es el equipamiento tecnológico", afirma Bisbal.
Al cine, nunca
Es otro día, en el otro extremo de la ciudad: Petare. Para llegar hasta allí se sube por todo el barrio José Félix Ribas, hasta que parece perderse el camino principal y se aterriza en una vía de tierra y pocas casas. El sector se llama Los Pocitos. Un muchacho está asomado a una ventana con cara de aburrido. "Oye, ¿está tu mamá?", se le pregunta. Y en seguida sale un familión. La madre es muy joven, se llama Ingrid Guzmán, tiene 33 años de edad y cuatro hijos (el mayor de 19 años). También está la hermana de ella, Marly, que tiene dos hijos.
"¿Qué hacen en las vacaciones de los muchachos?". Ante la pregunta, a Ingrid se le sale un prospecto de lágrima que seca de forma automática y vergonzosa, no vaya a creer la periodista que ella llora por cualquier tontería. "Qué sorpresa que vinieron, ayer estábamos hablando de eso", expresa. Y empuja a Daxon David, su hijo menor, que tiene 13 años de edad. "Anda, dile lo que me decías anoche". Y el muchacho habla, extrañado por la coincidencia: "Que ella tiene 8 años sin llevarme al centro comercial ése que está en Chacao". Y vuelve a reclamar: "Y que nunca he ido al cine".
Para Ingrid, ir al cine es más que un lujo. Ella trabaja en mantenimiento de oficinas. Labora tres días a la semana, gana 70 bolívares diarios y con ello mantiene a su familia. Complacer a su hijo menor para ver una película consumiría su ganancia de jornada y media. "Cuando subo al barrio ya ni llevo plata, porque lo que me pagan lo gasto en verduras y eso para hacer la comida". Su compañero, que está indocumentado, tiene trabajos eventuales que les sirven sobre todo para pagar las deudas.
Hizo un esfuerzo para costearle unas clases de dibujo a otro de los hijos, Luis Daniel, de 15 años de edad, que tiene habilidad con el lápiz. "Pero cuesta 30 bolívares la mensualidad y no pude seguir, parece poco, pero para mí es mucho". Las vacaciones para ellos son salir a jugar fútbol en el barrio, o ver televisión en las mañanas, un programa llamado La Bomba, que pasan por Televen. No tienen cable ni tampoco Internet. A veces Daxon va al cibercafé del barrio, no le gusta jugar, sino enviar mensajes a sus familiares y amigos. Los fines de semana son contadas las opciones: cada dos meses van a visitar a su familia en Baruta.
"Nos llevamos los ingredientes y hacemos una sopa". Una vez al año viajan a la casa que tienen unos vecinos en Higuerote. "Nos llevamos la comida, vamos al río y a la playa y usamos los autobuses bolivarianos que son más baratos".
El sociólogo España destaca: "Tenemos un venezolano que no se atreve a conocer o hacer algo distinto a lo que hace o dice su familia y amigos más cercanos. El aburrimiento es la consecuencia de una sociedad que no da alternativas de entretenimiento, una situación económica que no da mucho margen, un modo de entretenernos en cambote que hace que las salidas sean más costosas y logísticamente complicadas, unido al problema de la inseguridad".
Para Ingrid, salir es gastar. Al Parque del Este van cada dos o tres años. A veces caminan por Sabana Grande. "Nos metemos en las tiendas; aunque uno no tiene dinero, ve las cosas, sabe dónde están, sabe qué se está usando, eso relaja", dice. "Es mentira que vas a salir con 100 bolívares, necesitas más. Bajar del barrio es barato, 2,50 bolívares el pasaje los fines de semana. Pero para subir en las tardes, te cobran 5 o 10 bolívares, entonces necesitas mínimo 50 bolívares para ir y venir bien". Imposible para su presupuesto. "Los pobres más pobres del país no se divierten, subsisten", asegura el investigador España.
Un fin de semana típico de Ingrid y sus hijos es en su propia calle, con los vecinos. "Ponemos a todo volumen música vallenata y champeta, que es lo que se oye por aquí. Los hombres y los muchachos se ponen a jugar basquet, los adultos se echan unos tragos.
Pasamos hasta la noche porque esta calle es tranquila, pero se oyen las ametralladoras desde La Bombilla". En el día y mientras no hay clases, Luis Daniel y Daxon están solos. "A mí me gustaría que estuvieran por ahí, viajando. La mayoría de los muchachos no hace nada aquí en el barrio, entonces inventan", dice Ingrid. Y ahora sí llora abiertamente mientras muestra la foto de un muchacho muy parecido a Daxon: "Se llamaba Moisés, me lo mataron hace dos años en unas vacaciones de julio. Lo mataron mientras caminaba por el barrio porque no tenía nada qué hacer. Le dispararon de frente mientras andaba por ahí". Ingrid llora por eso: porque le teme al ocio.
Bisbal reflexiona sobre cómo la inseguridad le resta espacios a la recreación: "En estos momentos que vive el país, la ciudad y su uso dentro del tiempo libre se ha desdibujado. La falta de políticas públicas de prevención hace que la gente se retire temprano para quedarse en casa. Es que en la Venezuela de hoy, la ciudad expulsa y el hogar, lo privado, recoge y resguarda".
Pero es tiempo de rebobinar y volver a los primeros párrafos, porque falta saber qué quería Cristian, con su mano que jala la falda de la periodista. ¿Cuánto cuesta el pasaje?, insiste con su voz aguda y sus ojos que se salen de las órbitas. Ningún adulto entiende la pregunta, hasta que una de las primas traduce: "él cree que la señora nos va a llevar a una piscina y quiere saber si puede pagar el viaje". REGRESAR |
| Fecha publicada: 16/08/2010 Fuente: El Nacional Tema: turismo
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