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El socialismo del siglo XXI que el Gobierno pretende implantar en Venezuela no tiene nada de novedoso, pues se basa sobre el marxismo expuesto por Karl Marx en el siglo XIX.
El marxismo se caracteriza por una interferencia agresiva e institucionalizada contra la propiedad privada, y el control de la economía. El Gobierno evidencia esta política mediante las más variadas intervenciones, nacionalizaciones, estatizaciones, expropiaciones, acosos fiscales e impositivos y controles económicos de manera exagerada. La motivación para justificar esta intervención se basa exclusivamente en los defectos del capitalismo sin ninguna consideración acerca de los problemas que resultan de la sustitución de un sistema de producción privado –cuyo objetivo central es la generación de valor económico– por otro cuyo objetivo central es exclusivamente social.
La pretensión de que el marxismo es un sistema superior de organización económica colapsa cuando se demuestra que sus efectos negativos son más acentuados que los problemas que genera la economía de mercado, los cuales trata de corregir. El resultado de esta política ha sido la escasez de alimentos, reducción de la producción de los bienes regulados, déficit habitacional, desestímulo al empleo, disminución de inversiones, quiebras, fuga de capital y mayor dependencia del petróleo para generar ingresos y corrupción.
El marxismo también pretende una superioridad moral frente a la economía de mercado, al promover una sociedad igualitaria y sustituyendo la propiedad privada por una social, ejercida por el Estado. Sin embargo, la estatización de la economía crea otra desigualdad aun más perversa: la desigualdad política. El control de los bienes productivos por el Estado paternalista tiene como resultado que sea el grupo político en el poder quien decida el cómo, cuándo y para quién de los recursos, bienes y servicios. Esto se evidencia en la exclusión laboral, económica y social de aquellas personas que no pertenecen al partido de gobierno, y los intentos del régimen por eliminar los sindicatos independientes y sustituirlos por otros que le son afectos, con mayor interés en seguir los lineamientos políticos de la clase gobernante que en el bienestar de sus miembros.
Finalmente, debemos considerar las consecuencias individuales y colectivas del marxismo. Un sistema basado en la propiedad privada y la libertad económica estimula la inversión, la innovación, la producción eficiente, la identificación de oportunidades de negocios mutuamente atractivos, la superación personal y la generación de valor económico. El sistema marxista elimina toda forma de estímulo individual, al centralizar las decisiones económicas. El espíritu emprendedor desaparece al no existir el estímulo económico.
La motivación de superación personal como forma de superación económica se debilita, porque la afiliación política es más importante que el talento personal. La frustración se apodera del individuo al no poder controlar su destino. No es mera coincidencia que muchos países con economías inspiradas en el marxismo han abandonado este modelo, sustituyéndolo por otros con base en el libre mercado. REGRESAR |
| Fecha publicada: 06/08/2007 Fuente: Últimas Noticias Tema: politica
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