No contento con cambiar la Constitución, Chávez pretende, como si el tiempo se le escurriera entre los dedos, imponer, desde el Ministerio de Educación, un nuevo sistema educativo, adaptado a los fines "supremos" de la revolución. Este revoltijo resulta ser un detonante muy peligroso...
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La reforma educativa apunta directo al cerebro de los niños y jóvenes. Pues, como es bien sabido, los gobiernos totalitarios tienen, siempre, la tentación de utilizar a los estudiantes para, desde las aulas, ponerles la máscara del pensamiento único hegemónico, y tejer fuertes lazos con el líder único del proceso.
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En otras palabras, formar ciudadanos autómatas, alienados, fanáticos, en función de unos ideales que no son tales. Así, de esta manera, suponen la eliminación de cualquier tipo de disidencia o actitudes contestatarias. Nada más alejado de la verdad. Afortunadamente, la historia se ha encargado de desmentir tales despropósitos.
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Mientras en el mundo se afianza la era del conocimiento, nuestro caudillo criollo se esmera en hacernos retroceder a esquemas caducos, sin vigencia de ningún tipo; donde la capacidad de reflexionar, de poseer criterios propios y, por tanto, de ser libres, queda cercenada.
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Entonces, es menester apelar a las convicciones democráticas, a los principios de justicia y libertad, a los fines de despertar las conciencias adormecidas por la retórica infinita y los petrodólares moderadores de los valores morales y éticos. Se acabó la hora de las medias tintas. La Constitución de 1999 garantiza el derecho a la desobediencia civil. Todavía está vigente, aun cuando el Gobierno la viole de manera reiterada y contumaz.
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Las reglas del juego democrático son permanentemente vulneradas, desconocidas, por quienes deberían ser los garantes de su aplicación. Por ello, esta nueva tentativa autoritaria legitima una respuesta pacífica colectiva, cimentada en la fuerza de la razón. La voluntad del colectivo prevalece sobre los designios de quien se cree dueño y señor del país. Los derechos de los venezolanos son violentados en aras de una revolución antidemocrática que nos conduce directo al desastre, al abismo.
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Chávez no puede empeñarse en tratar a la gente como súbditos. Somos ciudadanos en el concepto pleno de la palabra. En tal sentido, la desobediencia civil se convierte, en estas circunstancias, en la piedra de toque de la defensa del derecho a formar a nuestros hijos de acuerdo con nuestras creencias y valores. A educarlos en el marco de las corrientes del pensamiento crítico. A convertirlos en hombres y mujeres rebeldes, dispuestos a rechazar las injusticias, vengan de donde vengan.
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Todas las acciones colectivas tienen consecuencias políticas, eso es inevitable. De allí su justificación a la hora de oponerse a cualquier intento de constreñir la esencia libertaria del ser humano.
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De otra parte, Chávez lo quiere todo. Es dueño del presente. El porvenir lo quiere construir a su imagen y semejanza (Dios) y el pasado (la historia) lo está reinventando. Se ha convertido en "el Señor del Tiempo"... Para ello utiliza los recursos del poder a su alcance: el insulto, la amenaza, la exclusión, la piedra, la bala, y, después, la ideología, la manipulación del odio y hasta la religión.
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El reto de la sociedad venezolana es el de actuar ya para ganar el futuro, antes de que ese futuro se convierta en un presente de opresión, de servidumbre humillante para las nuevas generaciones. Inhibirse, resignarse, es condenar a nuestros hijos a vivir encerrados en la prisión del socialismo del siglo XXI... A convertirse en "precadáveres" de la revolución. Hace falta un ejercicio colectivo de soberanía, más compromiso militante: "hazlo tú mismo..." REGRESAR |