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Mientras el Movimiento Slow (lento) capta seguidores alrededor del planeta, en el país algunos modificaron sus rutinas en busca de tranquilidad. Desde quienes se mudaron de las grandes ciudades a rincones más retirados, hasta aquellos que vendieron el carro para escapar del tráfico, o los que disminuyeron los horarios de trabajo. En este reportaje se narran los testimonios de quienes han logrado reinventarse a través de una existencia más pausada y se ofrecen consejos para emularlos.
María Fernanda Hernández, administradora de 26 años, estaba convencida de que había otro tipo de vida, una de la que ella no formaba parte. Se preguntaba cómo era posible que saliera de su casa a las seis, con la mañana todavía oscura, y regresara en la noche, a veces pasada las diez, cuando todos dormían. No tenía tiempo para almorzar, ni ir al cine, mucho menos para salir de fiesta.
Un día, al borde del agotamiento, tomó una decisión: "Dije basta. Ya llevaba tres años así. No quería eso para mí. Necesitaba una vida equilibrada".
Así comenzó a explorar otras opciones. "Busqué un empleo donde pudiese tener más tiempo para mí. Cuando iba a las entrevistas decía muy claramente que no me importaba el cargo con tal de que mejorara mi calidad de vida". Lo logró, ahora está en la oficina desde las 9:00 am, a 6:00 pm, y el resto del tiempo lo distribuye a su juicio.
"Me compré unos patines porque necesitaba hacer una actividad donde estuviese sola, me inscribí en un gimnasio, voy al cine, comparto con mi familia. No fue fácil, al principio me daba miedo y no sabía qué hacer con todo el tiempo libre, pero después me organicé".
Más de uno podría sentirse identificado con la historia de Hernández, pues en la sociedad actual, donde el ritmo de vida es cada vez más estrepitoso, es natural acumular tensiones –y ocupaciones– hasta sentir que se va a explotar. Encontrar una solución, explica Robert Lespinasse, ex presidente de la sociedad venezolana de psiquiatría, no es sencillo: "A veces se está tan sumergido que uno no se da cuenta. Es como si una ola te empujase".
Jan Moller, psicoterapeuta de 53 años que dicta cursos de desarrollo, gestión personal y manejo del estrés en el IESA, señala que en la actualidad, las personas están concentradas en el hacer y no en el ser. "Han descuidado el espíritu", sentencia. Él es un ejemplo de cómo a veces es necesario desacelerar el paso. "Hace 10 años atendía pacientes, dictaba cursos en el IESA y empresas privadas. Luego me quedé únicamente con los cursos y ahora me voy a Morrocoy donde abriré un centro de calidad humana". Moller, noruego de nacimiento con casi 30 años en Venezuela, tuvo que tomar esa decisión después de darse cuenta de que no ponía en práctica las doctrinas que predicaba. "No sabía decir que no, ni poner límites", explica. Fijar límites es, junto a establecer prioridades, uno de los pasos fundamentales para lograr una vida más calmada, que no significa que esté exenta de actividades. "Andar más lento no implica necesariamente retirarse o hacer todo más despacio, sino tener equilibrio", dice Moller.
UN TRECHO DEL DICHO AL HECHO
En el mundo, una tendencia con el nombre de Movimiento Slow (lento), propone un modo de vida más pausado en todas las áreas; comida (slow food), educación (slow schooling), y hasta relaciones sexuales (slow sex). En el libro Elogio de la lentitud, el periodista canadiense Carl Honoré, investiga estas tendencias y cuenta la anécdota de un japonés que trabajaba más de 90 horas a la semana y por consecuencia murió de un ataque cardíaco a los 26 años. Honoré hace hincapié en un hecho revelador: la mayoría de las cosas que verdaderamente valen la pena, como la familia, y en general las relaciones humanas, requieren de tiempo.
Aunque a primera vista luzca casi imposible, en el país hay quienes han apostado por llevar una vida más tranquila a pesar del clima inestable, el tráfico insoportable y las ocupaciones interminables. Así como María Fernanda Hernández se cansó de trabajar más de 12 horas diarias y buscó otro empleo, Edgardo Rojas, gerente de sistemas de 42 años, tomó la decisión de mudarse, vender el carro y desplazarse a pie o en taxi. "Vivía en Colinas de Bello Monte y trabajaba en Guarenas. Me despertaba a las 5:30 am y salía a las 6:00 am para evitar el tráfico, pero igual me agarraba cola".
Rojas ahora vive a 15 minutos del trabajo, vendió su automóvil y opta por caminar, para deshacerse del estrés, cuando las distancias son cortas, o tomar taxi si el destino queda lejos. "Estoy más tranquilo conmigo, antes, con la angustia del tráfico y la presión de llegar temprano, mi humor era terrible. Estoy convencido de que andar sin tanto agite en la ciudad es posible, pero hay que estar dispuesto a hacer cambios en la rutina".
Y cambiar, como explica Moller, no es fácil. En el curso que él dicta en el IESA, le pregunta a sus alumnos qué desean lograr y la mayoría responde que paz y tranquilidad. Sin embargo, cuando revisa con ellos sus rutinas diarias se da cuenta de que muchos no están haciendo nada para tener paz. "Algunas personas caen en la actitud de la víctima. Se quejan, no ven opciones, o si las ven les da miedo o flojera llevarlas a cabo. Si la situación es imposible de cambiar y no es soportable, entonces la solución es abandonarla".
Esto fue lo que hizo Emilio Candia, administrador de 56 años, quien trabajó por más de 15 años para empresas del sector público, hasta que decidió iniciar su propio negocio y así ganar independencia económica y de horario. Para él fue fundamental pasar de estar entre cuatro paredes a trabajar en el campo como floricultor.
"Tengo más responsabilidades, pero soy dueño de mi tiempo. Si estoy estresado doy una caminata por los cultivos o culmino la jornada. Mi vida cambió totalmente, me siento mil veces más feliz". E individuos más felices conforman una sociedad más feliz y calmada. Así lo hace saber Moller: "La paz en la colectividad no es más que la suma de la tranquilidad de todas las personas que la componen".
La búsqueda de paz impulsó a Takeshi Nagahama, chef de 37 años, a abandonar su oficio como jefe de cocina en un importante restaurante en Tokio y mudarse a Mérida, la ciudad natal de su esposa, a empezar desde cero. "Trabajaba entre 12 y 14 horas diarias y tenía cinco días de vacaciones una vez al año. Estaba cansado y sentía que había perdido el norte. En Japón hay más estabilidad, pero no podía ir a mi ritmo, sino a uno impuesto. Yo había vivido en España así que sabía que existía otra forma de existencia". Ahora es chef del restaurante Papiro, en la Estancia San Francisco en Mérida, y tanto su lugar de trabajo como su casa están rodeadas del sosiego de las montañas. "Aquí uno se desconecta. Salgo de la cocina y veo el paisaje". El cambio valió la pena. ¿Será igual para el resto de nosotros?. REGRESAR |
| Fecha publicada: 15/10/2007 Fuente: El Nacional Tema: empleo
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