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Nadie sabe cómo ni por qué, pero Benito Irady, hombre de voz profunda y hablar pausado, no es el líder de la cultura oficialista. A pesar de su muy cercana amistad con el ministro Adán Chávez, no hay quien entienda, o acaso se deslice a confesar, las razones por las cuales sin embargo, en su momento prefirió convencer al encargado de la cartera educacional, Aristóbulo Istúriz, para que nombrara como ministro al arquitecto Farruco Sesto, su amigo entrañable de aquellas filas "causaerristas", quien por venia de Andrés Velásquez había intervenido a Ciudad Bolívar con jornadas de rescate por la desolación patrimonial en la que estaba inmersa, allá en los años noventa.
Algunos sospechan que, sin embargo, no está preparado para el rol y todas las implicaciones del modo de andar del gobierno de Chávez: disponibilidad de 24 horas diarias, trabajo duro y capacidad de idear rápidas respuestas.
Por lo demás, al creer de otros, posee suficientes credenciales. "Él tiene más de 30 años trabajando con la cultura popular, con sus creadores, a quienes conoce muy bien y de forma directa, lo que explica su falta de soberbia y sectarismo. Es un tipo plural", lo describe Tulio Hernández, sociólogo con quien Irady compartió la autoría del plan cultural del gobierno del candidato Velásquez en las elecciones presidenciales de 1993.
Desde el Centro de la Diversidad Cultural, no obstante, Benito Irady lidera desde 2006 la transformación del ideario cultural del Estado venezolano, al proponer el reconocimiento más que nominal de las culturas étnicas minoritarias, que conforman el concepto de identidad local.
Su campo de influencia llega al punto de que sus ideas han sido tomadas en cuenta dentro de la reforma constitucional propuesta por el presidente Chávez, a través de la modificación del artículo 100 de la actual Constitución.
Él piensa y cree que la diversidad cultural, concepto que va más allá del de cultura popular, juega un papel estratégico en el reconocimiento y respeto de unos y otros.
"Una idea que garantiza la paz", tal y como lo declarara en pro de un nuevo paradigma, propuesto incluso por la Unesco.
En sintonía con ello, el Centro de la Diversidad Cultural, ubicado en la antigua casa de la caraqueña familia Zuloaga en Los Rosales, se ha convertido en el nuevo lugar de esas actividades que impulsa, con una programación permanente de artistas militantes del "proceso" y de todas las tendencias.
CRONISTA SIN SABERLO
"Yo no concibo a Benito Irady sino entre el pueblo, surgiendo de entre esas barricadas de la vivienda hecha de tablas rotas y pedazos de zinc soliviantados, entre jirones de la bandera de la Universidad (de Oriente) que un lacerante y duro viento golpea entre la noche de arrecife", escribió en 1989 Alfredo Armas Alfonzo, uno de los escritores que marcó su actividad narrativa, cuando era un muchacho de liceo que aprendía el arte de la composición a plomo en los talleres gráficos del diario Antorcha, allá en su oriental ciudad de El Tigre.
En su juvenil inquietud por la literatura, Irady también leyó a William Faulkner y a Juan Rulfo, decidiendo con ello su interés por el relato corto. "Su narrativa tiene una percepción aguda para captar las cosas que están al borde de la cotidianidad", confiesa sin celos Juan Carlos Santaella, quien reconoce en Zona de Tolerancia una de las recopilaciones de relatos más reveladoras de la Venezuela de los inicios petroleros: "Él es un cronista, quizás sin proponérselo".
Quiso venir a Caracas a estudiar periodismo, pero los recursos económicos de la familia, generados por la bodega administrada por su padre, no alcanzaban para sufragar los gastos de estudiar lejos.
Eran los inicios de los años 70 cuando Irady se vincula a la Universidad de Oriente: funda la Asociación Cultural Estudiantil, organiza eventos en la Asociación Venezolana de Periodistas y elabora, bajo la conducción de Gustavo Pereira, el suplemento literario Los Domingos en Antorcha, una historia que culmina en el año 2000, al recibir la jubilación como docente, luego de 28 años de servicios universitarios.
En complicidad con el fotógrafo Rafael Salvatore, Benito Irady recorrió el país en labores de investigación y recopilación de manifestaciones de la cultura tradicional, en una especie de cruzada por lo popular iniciada por Juan Liscano en la década de los 40. "Se vincula con discreción, pluralidad y reconocimiento del talento ajeno. Al hacerlo es metódico, riguroso y disciplinado, con una gran agudeza para penetrar con facilidad tanto lo popular como la llamada cultura culta", opina Santaella.
A pesar de no estar en la estratosfera del poder, algunos piensan que él ha ganado mucho con su modo callado de trabajar. "Es parco, no se explaya ni adula a nadie", cree Santaella, mientras que para Hernández, el hecho de que conozca el mundo de la creación desde adentro, lo coloca en una posición segura y de respeto dentro del medio cultural venezolano.
En ámbitos más cercanos, se muestra como alguien hermético, incluso en la intimidad de los amigos, espacio donde no obstante puede mostrarse muy cariñoso y solidario. "Posee una solidez interior con la que se puede contar.
Pero no es fácil entrar en su subjetividad, a pesar de ser un gran conversador", describe Hernández.
En los ojos de la mayor de sus hijas, Cyntia, es un hombre dedicado, responsable y comprometido con que se hagan las cosas bien, sobre todo si tienen que ver con la expresión fiel de las culturas tradicionales. Y ese mismo celo con que cuida a los cultores y sus obras, lo manifiesta sobre ella, a pesar de sus 19 años de edad.
"Cuando no estoy cerca, recibo hasta cuatro llamadas diarias de él para saber cómo estoy", confiesa la joven estudiante del tercer semestre de Medicina.
"Mi pasión comenzó por la música". Al decir esto, Benito Irady trae a su memoria la sintonía de las melodías de Vivaldi y Bach que escuchó en la radio local en los días posteriores a El Carupanazo y El Porteñazo, aquellos levantamientos militares de 1962, ocurridos durante la presidencia de Rómulo Betancourt. "Desde entonces, en mi pueblo, a la música clásica la llamaban `música de golpe’, aquella que solo se radiaba en los días de duelo nacional", comenta. Su casa nunca tiene una dirección fija. Cuando residía en Cumaná, pasó muchos años viajando continuamente hasta Ciudad Bolívar para cumplir su misión como Director de Cultura de la gobernación. Cuando finalmente fijó residencia en la antigua Angostura, aceptó responsabilidades de alto gobierno en Caracas. Una habitación de hotel suele ser entonces su fiel acompañante. A pesar de ello, tiene una familia con su esposa Angela Collins, su pequeña hija de seis años Ariana y la joven Cyntia.
Un hábito trashumante que lo viste como a un monje. REGRESAR |
| Fecha publicada: 18/10/2007 Fuente: El Mundo Tema: gobierno
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