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Hace poco me topé con un empresario en un viaje a Monagas y me hablaba, al borde de la desesperación, cómo pensaba cerrar su empresa y largarse a su tierra, de la cual se despegó cinco décadas atrás.
“Llegue a este bello país que respiraba progreso. De albañil pasé a la vuelta de diez años a constructor, y diez años más tarde ya era un próspero empresario. A esas alturas ya tenía esposa e hijos venezolanos”.
Trabajó para el Estado y para la época nadie se atrevía a pedirle pago de comisiones por contrato y cuenta orgulloso cómo las carreteras y edificios por él construidas se mantienen casi intactas a pesar del poco mantenimiento. Llegaron los últimos gobiernos de la llamada Cuarta República y con ellos los gestores y comisiones.
“Fue durante el primer gobierno de Caldera cuando uno de sus dirigentes me exigió asociarse a mi empresa, propuesta que yo rechacé, y me quitaron las obras hasta que mi hermano aceptó contribuir con el partido, que era la forma subterránea de desprenderse del diez por ciento. Y eso fue hasta el último gobierno de Caldera, pasando por los adecos y la transición. Creí que con la prédica ayatólica de Chávez lo que ya era parte del sistema se acabaría. Pero qué sorpresa, apenas comenzaron aparecieron las mismas prácticas pero como una furia. La ola de esa corrupción rugía y ruge como para predecir un tsunami. Ya no era diez por ciento, ahora era el veinte y en muchos casos en dólares. Yo no acepté y aquí me ve, cerrando la empresa porque además nunca me pagaron”.
Luis Lapier, nombre ficticio a petición del interesado, se encontró un buen día con quien fue su compañero de estudio.
“Registra una empresa”, me dijo con evidente deseo de ayudarme, y así fue.
“Mi primera obra fue una reja metálica y cuando llevé el presupuesto era de cuarenta millones”. “¡No seas pendejo” -me dice mi amigo. “Pónle ochenta y ya sabes, hoy tengo una empresa y trabajo seguro, pero tengo que pagar hasta al administrador que firma el cheque final”. Luis Billete se metió en la industria petrolera cuando en la huelga nadie quería ni sacar ni transportar petróleo.
Hoy este salvador de la industria nada en la abundancia que generosamente comparte.
Pedro, el colocador de Seguros, no tenía donde caerse muerto. Por suerte, un familiar cercano es gran revolucionario fallecido. El vive, y muy bien, con casa en el Este de veinte puestos de estacionamientos, además de salones de billar y otros rubros lúdicos. Regala Rolex y hasta automóviles, pero también comparte sus utilidades con el mecenazgo patriótico.
Lopez Maciel tiene una empresa muy pequeña y un día se encontró con que de diez trabajadores, el Seguro Social se la había convertido en nómina de veinte.
Eran afiliados pero nunca fueron a su empresa y cuando reclamó lo mandaron muy lejos, hasta que apareció El Salvador. “Si usted paga tres millones le arreglo eso, o pagará toda la vida esa nómina fantasma”. Hoy tiene los diez obreros pero en su cuenta hay varios millones menos.
Alvaro M. es un trabajador ecuatoriano.
No tiene cédula y se colocó en una casa de familia. Cada quincena, cuando al caer la tarde se retira, en su casa ya sabe lo que tiene que hacer: dejar en su cartera veinte mil bolívares que el policía jefe de las redadas de los viernes en la boca del barrio, le reclama para no encanarlo por indocumentado.
Eduardo acaba de llegar de un largo viaje y cuando intenta traspasar el control de aduana, se olvida que debe contribuir y es cuando se entera que en sus maletas lo que trae es contrabando. Lo acaba de decretar el jefazo del control que le ha retenido sus maletas.
Marina vive en Cúcuta y su hermana en Popayán cuando se enteran que hay un autobús que todos los días embarca colombianos para Venezuela. “Nunca, confiesa, he viajado con tanta facilidad.
Nada de requisas ni de pasaporte. Ya el coyote colombo-venezolano se ha encargado de los arreglos”. Hoy son otros indocunentados más. Así, así es que se gobierna…
Martín Pescador está casado con una dama de origen portugués. No tiene pasaporte de la Comunidad Europea, pero eso no le impidió viajar a una de esas islas, por allá donde el viento se devuelve. Después de sus vacaciones regresó a Caracas. Traía cuatro maletas y al desembarcar en el aeropuerto de un país de cuyo nombre no quiero acordarme, se le acercó un “gestor” de la corrupción, justo antes de ir al puesto de control.
“Si me da sesenta dólares, le evito los problemas”. Él confiesa que no traía nada que ocultar, pero “estaba ladillado” del viaje y necesitaba llegar más temprano a su casa. –Yo lo que tengo son euros, le contestó a su simpático anfitrión.
–Bueno, eso me sirve. El jefe –se refería al superior de la aduana— debe viajar esta semana a Europa.
En ese mismo país, otro empresario joven, había importado un lote de máquinas.
Sus papeles estaban en regla. El agente aduanal había pagado todos los tributos. Sin embargo, una dama bella pero con cara de perro, ordena abrir el container. Revisa de arriba abajo la declaración y descripción. Frunce el ceño y sorpresivamente sonríe con cinismo.
Aquí falta algo. Esto lo voy a declarar contrabando. El sorprendido agente piensa con frustración, dónde estaría el error. Había declarado todo. La mujer se empeñó en unas piezas adicionales, que eran accesorios de la mercancía, no estaban incluidas y por lo tanto, el señor debía dejar el container para averiguaciones.
—Amenos que me pague 55 millones de bolívares.
¿Cómo?, repreguntó el agente aduanal, representante de la empresa importadora.
—Sí, 55 millones y te arreglo eso.
Llama a Caracas al empresario. Las máquinas debían ser entregadas dos días después al cliente, o perdían el contrato.
Así que convino… y con rabia, acordó caer en la red.
Luego de “amables conversaciones”, la fiscal decidió rebajar a 30 millones su mordida.
¡Aleluya! Dijo el agente. Al fin me encuentro con una corrupta generosa y desprendida.
Fue al banco, sacó los reales y pagó.
Poco duró la dicha, cuando intentó pasar a los almacenes, unos militares lo interceptaron. Le abrieron el container y la misma expresión seca y amenazante.
—Esto es contrabando. Pero si ya yo pagué.
—No, queda detenida la mercancía.
Una historia similar. Terminó pagando 25 millones. Y cayó en cuenta… 25 y 30 son 55 millones. Juéguelo a la lotería.
Eso ocurrió hace unos seis meses.s REGRESAR |
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