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La autoestima venezolana viene envuelta en hojas de plátano y tiene un solo nombre: hallacas. Poco importa que se escriba con doble ele o con y griega, ese es un problema lingüístico bastante aclarado por Ángel Rosenblat y José Rafael Lovera. La hallaca es lo que nos une como nación, es el más extraordinario elemento integrador dentro de la diversidad, es lo que nos pertenece a todos como un solo pueblo.
Diciembre es tiempo de hallacas, tiempo de familia. Se siente el aroma en cada rincón de la ciudad. No importa condición o credo, urbanización o escalera, sexo ni bolsillo, si votaste por el sí o por el no o si no votaste. El que no come hallacas en esta época es un huérfano de amor, un paria gustativo execrado de la mesa nacional, un excluido.
Mucho se ha especulado sobre su origen y su parentesco con los tamales caribeños. Es falsa la peregrina idea de que el origen de la hallaca está en las sobras que los colonizadores daban a los indígenas y que estos mezclaban con masa de maíz envuelta en hojas. ¡Blasfemia! Antes de Colón, mucho antes, el condumio ya existía como plato cotidiano. La llegada del español no hizo más que enriquecer el guiso y acrecentar los aromas, pero el concepto ya estaba aquí y se mantiene incólume.
Tampoco es estrictamente cierto eso de que la mejor hallaca la hace mi mamá. Mi madre no hacía hallacas ni se ocupaba de la cocina, eso era labor de mi padre y él, como croata, desconocía la receta. Yo también me ocupo de la cocina en casa y hoy mis hijos dicen con orgullo que la mejor hallaca la hace su papá. Las hago siguiendo la receta de Antonia Moña, una querida barloventeña que trabajó en mi casa por muchos años y que cocinaba divino. Las que hice este año, en pleno referéndum, quedaron impecables, las mejores desde siempre, no sé, sería la alegría de aquel momento.
La hallaca está metida en el inconsciente venezolano y "es el único vínculo familiar que se repite cada 12 meses", dice el historiador Elías Pino Iturrieta. "Alrededor de ella está el ritual de toda la familia reunida y te remite al pasado familiar y establece una relación histórica. Por eso la hallaca produce memorias que no produce el pasticho o el mondongo. La hallaca se remonta a una memoria previa".
Esta memoria de la hallaca está excelentemente expuesta en el libro La Hallaca en Venezuela (Fundación Bigott) del querido profesor Rafael Cartay, de obligatoria consulta y amena lectura. Para Cartay, la hallaca es masa, guiso, adorno y envoltura. No hay una hallaca igual a otra, no existe una receta única, es una y múltiple, y sirvió para integrarnos más allá de la geografía que compartíamos.
El poeta Rubén Osorio Canales, en sus Memorias del Fogón, recuerda la hallaca angostureña que hacía su mamá, tal vez la versión más antigua de este plato nacional.
Dice que era de sabor excepcional y "nunca le pedimos la receta a mamá, quizá porque todos en casa pensábamos que ella era inmortal".
Pese a la difícil que es conseguir los ingredientes, ni siquiera en Mercal, y a los altos precios que pagamos por todo, hay que hacer hallacas. Es más fácil encargarlas y pagar por ellas, es verdad, pero no saben lo mismo.
Tengo la impresión de que estas navidades las hallacas nos parecerán mejores que nunca.
Tenemos motivos para ello.
Patria, hallacas y vida. ¡Feliz Navidad! PS. Menos mal que al gobierno no se le ha ocurrido crear una ruta de la hallaca, por que si no, no veremos ni las hojas de plátano. REGRESAR |
| Fecha publicada: 14/12/2007 Fuente: TalCual Tema: comida
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