Si encomiable y plausible ha sido la amnistía decretada, aún con algunas fallas apoyadas en primitivos resentimientos, el nuevo tren ejecutivo resulta amorfo, asimétrico, sin fuerza y un reflejo palpable del consabido más de lo mismo.
Chávez tiene gente a su lado, pero pocos seres independientes a la hora de expresar criterios. En los consejos de ministros habla él, cuenta chascarrillos, se enfada, ríe, vuelve a poner cara de cañón y al final, siguiendo los lineamientos de un maestrillo de pueblo, les entrega las tareas a sus colaboradores. El coloquio no se ejerce en Miraflores. Las reuniones, salvo momentos excepcionales, se convierten en un monólogo.
Sin darnos cuenta todos somos un poco griegos y hemos mamado la esencia de esa raza de ciudades-estados, y sobre ellas lo que sembró la Persia de Darío el Grande y Jerjes con la sapiencia de un Zoroastro.
Allí nació una de las cualidades que hizo al hombre universal: el diálogo. Es decir, el pensamiento compartido, base de la libertad y el humanismo como razón privilegiada de la raza humana y sus valores más intrínsecos.
Jorge Luis Borges cuenta cómo unos seiscientos años antes de la era cristiana se dio en la Magna Grecia la mejor historia posible: el descubrimiento de compartir ideas, discutirlas y respetar las de cada uno hasta elevarlas por encima de la propia muerte.
La fe, los dogmas, los anatemas, las plegarias, las prohibiciones, las órdenes, las tiranías, las guerras y las glorias abrumaban el orden; algunos griegos contrajeron la costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión. Acaso los ayudó su mitología, que era un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas dispersas conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa, metafísica.
"Sin esos pocos helenos conversadores – remataba el autor de "Fundación mística de Buenos Aires"-, la cultura occidental es inconcebible." En el patio del pez que escupe agua, el aire fresco no traspasó los aposentos odoríferos a moho. Los nuevos ministros son más de lo mismo. Regresa Andrés Izarra, el ayatola de la información; Jesse Chacón, ventrílocuo en la casa de Misia Jacinta. En la anodina vicepresidencia, Ramón Carrizales, y con ellos un ramillete incoloro: Érika Farías, Jorge Pérez Prado, Socorro Hernández, Ramón Rodríguez Chacín (premio "Operación Emmanuel); Rafael Isea, Haiman El Troudi, alias el ideólogo; Rodolfo Sanz, Félix Osorio y Victoria Mata.
En total: puros enroques opacos. REGRESAR |