|
|
|
Al ministro Farruco Sesto le encanta hacerse fotografías que lo hagan quedar como un inofensivo juglar amante de la literatura y la justicia.
El universo de nuestro 'poetaministro' tiene unas coordenadas muy sencillas: él es un servidor público que libra la batalla del amor y que forma parte de un gobierno tocado por el don de la verdad. La causa de 'los buenos', guitarrita en mano, es la causa del revolucionario: imponer el reino de dios en la tierra sin escuchar razones de más nadie.
Así las cosas, mientras reparte maripositas retóricas y declara su apego a la causa del género humano, Farruco va imponiéndole a los indiferentes la ley del gobierno. Su propia ley. La ley del silencio.
El Teresa Carreño. La Casa del Artista. La casi totalidad de los Museos Nacionales. A Farruco Sesto no le ha importado entenderse con un grupo de ejecutivos de la televisión acobardados que le entregaron en bandeja de plata la cabeza de Fabiola Colmenares para sobrevivir, aún cuando sea verdad que son ellos, y no ella, quiénes tienen una responsabilidad bastante notoria en los nefastos episodios del año 2002.
Lo que Farruco hace es lo más sencillo: cebarse con aquel que no se transa y no puede defenderse. Colmenares está vetada de sus dominios por tomarse la molestia de tener opiniones y hacerlas públicas.
La mira de nuestro magnánimo ministro está colocada ahora sobre el edificio del Ateneo de Caracas. Estimulado con los chismes que le llevan y le traen ciertas sanguijuelas del periodismo cultural que le hacen la corte y le calientan la oreja, Sesto está decidido a quitarse de encima a una institución que, en definitiva, no se estaba metiendo ni con él ni con nadie.
Las razones parecen estar a la vista: el Ateneo se ha vuelto un estorbo.
No usa logotipos oficiales, ni baila las estrofitas que escupe la burocracia, ni organiza foros de análisis prefabricados con asistencia obligatoria, ni emite catálogos que hablen de la revolución de la conciencia. No hace lo que a Farruco Sesto le gustaría que hiciera: lo que a él diera de la gana.
Sesto quiere para él el edificio de la Plaza Morelos, pero al mismo tiempo se cuida mucho en no despeinar su retrato, la imagen de sí mismo que con tanto esmero cultiva: la de un hombre bondadoso y lleno de grandeza, amante del fértil debate crítico y de la fraternal confrontación de ideas. Uno más de los muchos cerebros universales que iluminan el camino de la Revolución Bolivariana. Alguien incapaz de obsesionarse con pequeñeces haciéndole imposible la vida a los demás por puro gusto. Por eso se niega a darle dinero al Ateneo y al mismo tiempo se lamenta del estado de su planta física.
Por irónico que parezca, a este proceso la burocracia oficial lo llama 'democratización'.
El gobierno no necesita hacer uso de un expediente de tanta estrechez y tan poca utilidad práctica. No gana nada Miraflores tomándose el trabajo de exterminar por deporte al Ateneo de Caracas matándolo de asfixia hablando a nombre de la democracia. Independientemente de que existan discrepancias. Porque las discrepancias pueden existir.
A este respecto, amigos del oficialismo, el balance del año pasado debió ser aleccionador: comprendan y respeten a la sociedad venezolana en toda su complejidad si quieren conservar un liderazgo legítimo en este país.
Razón tenía el talentoso Héctor Manrique cuando acuñaba una de las frases más agudas y descriptivas del momento venezolano actual: el gobierno parece tocado por el ánimo de hacer realidad una sola misión: la Misión Vuelvan Mierda. REGRESAR |
| Fecha publicada: 15/02/2008 Fuente: TalCual Tema: cultura
|
*** noticias no disponibles *** |
|