Si un psiquiatra decidiera aplicar su ciencia a los problemas políticos de América Latina, hablaría del 'síndrome Galtieri' para explicar el último desvarío de Hugo Chávez. Galtieri, como es sabido, fue el presidente de la Junta Militar argentina que decidió la invasión de las islas Malvinas en abril de 1982. Con esta aventura bélica buscaba alborotar el nacionalismo de sus compatriotas y encontrar de este modo sesgado razones de apoyo popular para su agónico gobierno. Lo que produjo fue una catástrofe y su propia caída.
De igual manera, al amenazar a Colombia por un problema que no le concierne, al expulsar a sus diplomáticos y enviar a las zonas fronterizas diez batallones, el presidente Chávez busca ocul tar tras los estrépitos y resplandores de un conflicto externo los agudos problemas que tiene dentro de casa, creados por su incompetencia y sus extravagancias histriónicas. Los venezolanos están hoy afectados por una inflación que supera 22%, por el desabastecimiento de productos básicos, por la fuga de capitales, el mercado negro, el desempleo, la inseguridad y la corrupción. La popularidad de Chávez, que en su mejor momento llegó a 65%, hoy se ha derrumbado a 21%.
Está quedándose sólo con sus fieles seguidores de boinas y camisas rojas.
La coartada de fabricar un conflicto internacional tuvo o debió tener como sustento en él la furia que le produjo la muerte de 'Raúl Reyes'. Dentro de su elemental escenografía política, Chávez ubica de un lado a los amigos del imperio y del otro a los amigos de la revolución; es decir, los que buscan como él instaurar en el continente su espectral socialismo del siglo XXI. 'Raúl Reyes' pertenecía a estos últimos. Era un amigo.
Lo eran las FARC, y no de ahora. Su relación con ellas se estableció desde 1995, cuando Chávez adhirió al Foro de Sao Paulo, organización auspiciada por Fidel Castro y a la cual pertenecían, además de grupos o partidos de extrema izquierda continentales, las FARC y el Ejército de Liberación Nacional de Colombia.
Con esa previa relación, que suponía total identidad ideológica y comunidad de objetivos, no es de extrañar que las FARC acabaran por recibir un encubierto apoyo del gobierno presidido por un antiguo compañero de ruta, apoyo que se traduce en hospitalidad en su territorio para campamentos guerrilleros, recursos financieros y armas, como ahora lo demuestran los documentos extraídos de los computadores de 'Raúl Reyes'.
¿Quiere realmente Chávez una guerra con Colombia? Sí, dice su amigo de otros tiempos, el general Raúl Isaías Baduel, fundador con él del Movimiento Bolivariano Revolucionario y su ministro de Defensa hasta julio del año pasado.
'Pero Chávez –dice Raúl Isaías Baduel– quiere ir a la guerra como Mambrú: solo.
Porque a la guerra no sólo van generales y almirantes.
Van mandos medios, oficiales y suboficiales que razonan y saben que no ha habido una agresión contra nuestro país.
Las razones son ficticias. Y el pueblo venezolano, del que las Fuerzas Armadas forman parte, lo sabe'.
De su lado, el presidente del Ecuador, Rafael Correa, protesta por la incursión colombiana en su territorio, y su reclamo sería válido si no hubiese permitido que 'Raúl Reyes' estableciera allí, tranquilamente, su campamento.
Tranquilamente, también, lo visitaba el ministro Larrea. En realidad –dice el diario español ABC– el Gobierno ecuatoriano debe por esta razón más explicaciones que el de Bogotá.
La verdad es que Correa y Hugo Chávez, además del rústico Daniel Ortega, nunca han visto como terroristas a los autores en Colombia de atroces masacres, atentados, secuestros, tráfico de droga o siembra de minas que han dejado más de 3.000 inválidos, entre ellos 600 niños.
Considerándolos como camaradas que comparten su sueño revolucionario, los apoyan. Es la verdad que ahora sale a luz.
Y en vez de dar explicaciones por ello, empujan tropas, tanques y amenazas a las fronteras de Colombia. Increíble: los ofensores representan hoy el papel de ofendidos. REGRESAR |