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Una guerra es el detalle que faltaba para cerrar el ciclo de desaguisados a que esta “revolución”, tan llena de gorras, ha condenado a Venezuela. Dicho en otras palabras, es la guinda de la gigantesca torta que ha puesto en el país. Apenas la guinda, ya que desde 1999 el Gobierno está en guerra… y en torta. En guerra contra la oligarquía, que trajo como consecuencia una gigantesca desconfianza que se ha reflejado en desinversión y desempleo, hasta llegar al desabastecimiento. En guerra contra los opositores, considerados enemigos e insultados como golpistas, traidores a la patria, niños bien e imperialistas. En guerra contra los petroleros y peor —contra el negocio petrolero— realizando una lobotomía a Pdvsa, es decir descerebrándola y enrumbándola hacia increíbles niveles de improductividad. En guerra contra la construcción de viviendas, dejando sin techo —por la sola ineficiencia de la “revolución”— a tres millones de venezolanos en nueve años. En guerra contra la salud, generando en pleno siglo del Internet, vergonzosos records de dengue, paludismo y otros males endémicos. En guerra contra la unidad de los venezolanos, que vivimos con el alma rota y ya ni sabemos en cuantos pedazos. Finalmente, en guerra contra padres de familias honestos que no pueden trabajar por haber firmado democráticamente en contra del régimen, lo que ha generado hambre contra niños que por ser hijos de opositores, como que no lo son de la patria.
Esperemos que, al revés de Clausewitz, para este Gobierno, aunque tardíamente, la paz sea la continuación de esta eterna guerra por otros medios.
EN EL NOMBRE DE BOLÍVAR
Ahora en el nombre de Bolívar pretenden poner a pelear a los países de la Gran Colombia. La Revolución “bolivariana” podría lograr el dudoso honor de hacer que Venezuela entre en su primera guerra internacional después de la Independencia, rompiendo una tradición de décadas de paz. Al mismo gobernante que solicita que la FARC sea declarada beligerante, no le tiembla la voz para declarar al gobierno colombiano —electo por su pueblo dos veces y en elecciones limpias— como terrorista. El presidente guarda un minuto de silencio por un “buen revolucionario” y en referencia a los secuestrados de Venezuela increíblemente se limita a decir que esos no son secuestrados de la FARC ni del ELN (?), como si a los venezolanos nos importara quien los secuestró y no el hecho de que estén privados de su libertad.
Puro galtierismo, como si los venezolanos fuéramos gafos y estuviéramos dispuestos a correr tras esta “revolución” creyendo que este liderazgo va a salvar con la guerra, a una Venezuela que ha destrozado con la paz. Puro infantilismo, cuando los partidarios del régimen en Aló Presidente y en la Asamblea Nacional, aplauden como focas los llamados a guerra sin saber la tragedia, la destrucción y el luto que encierran las acciones bélicas.
Como siempre le oía a mi padre, Rafael Gallegos Ortiz, los pueblos que no conocen la historia están condenados a repetirla. ¿Repetiremos la historia de Francia que tras tantos años de guerra pasó del amor al odio con Napoleón; o la de Hitller, Mesías electo por un pueblo que hoy se avergüenza de él; o la de Mussolini; colgado por los pies por el mismo pueblo que lo aplaudió a rabiar antes de ser sometido a tanto sacrificio? ¿Ahora tendremos que agregar al hambre y la inseguridad que sufren los venezolanos, colecciones de individuos sin piernas, sin brazos o sin ojos como consecuencia de una guerra que no tiene ningún sentido?
Pobre Bolívar, si reclamara tanto desaguisado, tal vez le pasaría como al Cristo de Dostoievski, al que le dijeron: mire Jesucristo, es mejor que se calle, porque de lo contrario, vamos a tener que matar a Cristo en el nombre de Cristo.
MI EGO, O MUERTE
Venezuela solicita con urgencia estrategas que sepan que las relaciones con Colombia no se meten en el congelador, sino que cuando rompemos con Colombia, cerramos el congelador y abrimos el desabastecimiento. Que sepan que en Colombia los demócratas están en el gobierno y no en la selva. Que sepan que la guerra que hay que emprender es contra los secuestradores, contra los malandros, contra la pobreza y contra la improductividad.
Si van a donar sangre venezolana como si fuera de ellos, sería prudente que den el ejemplo y se coloquen en primera fila, como hacía en las batallas el “traidor” tan envidiado por su valentía, José Antonio Páez. Porque es muy fácil ofrecer en el altar de la patria la sangre de los hijos… de los demás. A la guerra no se juega ni en juego. Parafraseando a Buck Canel, la guerra sólo se acaba cuando se acaba y hay que agregar que invariablemente la pierden los pueblos. ¿Será que ahora la muerte viene en ego?, ¿y en el ego de quien? Por cierto, ningún ego por inflamado que esté, es más grande que la felicidad de los venezolanos.
(El autor es ingeniero y consultor gerencial)
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| Fecha publicada: 07/03/2008 Fuente: 2001 Tema: politica
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