Las cosas van quedando claras: Venezuela, con Chávez y sus armas, es un doliente de la guerrilla. Colombia, con Uribe y las suyas, ha sido una suerte de heraldo de los paramilitares. Una ecuación bélica que ha pasado relativamente inadvertida al detenerse en la anécdota, de altísima peligrosidad y consecuencias incluso en el largo plazo. Una realidad que ha apartado la hojarasca de la hipocresía diplomática y que ha llegado para quedarse. La ecuación se la ha ganado a pulso Hugo Chávez.
Cuando uno de los rehenes liberados por las FARC le exponía a Chávez las condiciones del cautiverio que él y sus compañeros tuvieron que soportar durante años en medio de la selva, el presidente, presionado ante las evidencias, tuvo que reconocer en su programa de televisión que, por supuesto, ni él ni su gobierno compartían 'los métodos' de la guerrilla.
Queda claro que cuando Chávez habla de 'métodos' no se está refiriendo a los modales de los guerrilleros en la mesa. 'Los métodos' aludidos incluyen, además de secuestros, asesinatos a personas inocentes, reclutamiento forzados de campesinos y niños, ajusticiamientos masivos a personas sospechosas de colaboración, bombas y sabotajes, narcotráfico, y una comprobada exhibición de crueldad en el tratamiento de sus prisioneros.
Por los niveles de cinismo y la escasez de ética que han evidenciado como cuerpo en armas es que las FARC son vistas con tanta antipatía en todo el mundo, incluyendo en los sectores de la izquierda clásica que conservan el juicio. Sólo hay que tomar nota de la prudente distancia que evidencian los cubanos en este trance.
Es una realidad que contrasta abiertamente con la percepción que el mundo tuvo de otras formaciones armadas, como el Frente Sandinista y el FMLN.
Éstas, como otras guerrillas de décadas anteriores, como el M-19, estaban conducidas por dirigentes políticos que conservaban los escrúpulos y el sentido de la realidad y formaban parte de una causa que estaba justificada por las circunstancias. Cuando dejaron de estarlo, entregaron las armas y entraron a la lucha legal. Gozaban, por tanto, de una enorme comprensión –y hasta simpatía– en el mundo civilizado.
Haber guardado un minuto de silencio para honrar la memoria de un asesino como 'Raúl Reyes', como hizo Chávez y su gente frente a todo el país, constituye una vergonzosa impudicia. Equivale a estarse tomando molestias rituales frente al cadáver del paramilitar Salvatore Mancuso. Hago mías, llegado este punto, las palabras de Héctor Abad Faciolince: guerrilleros y paramilitares acuden a expedientes repugnantes; en tanto existan, ambos son mis enemigos.
Es aquí donde los defensores del gobierno extreman su celo argumentativo a niveles colindantes con la enajenación. 'Así es la guerra', es la respuesta de hombros encogidos. El chavismo trata a los guerrilleros colombianos como un padre que reprende a un hijo que no quiere estudiar. El problema son 'los métodos'.
No he escuchado una sola voz que ande soltando jirones retóricos para defender o matizar las ejecutorias de los paramilitares colombianos. Alvaro Uribe es el presidente de Colombia, nos guste o no nos guste, como el de Venezuela es Chávez. Fueron electos en comicios con alta participación; cada uno a su manera expresa la voluntad de sus ciudadanos y administra la legitimidad institucional del caso.
Por ahora no habrá disparos. El daño, sin embargo, está hecho.Ya hay un diagrama de guerra: ellos allá con sus paramilitares, nosotros acá cargando el fardo como deudores de las guerrillas más desprestigiadas del planeta.
Algún día se escribirá con claridad sobre el daño que le hizo al país el fulano 'proyecto continental bolivariano' de Hugo Chávez.
La historia lo juzgará por su irresponsabilidad y sus agallas. REGRESAR |