Durante muchos años -en verdad, siglos- se estuvo repitiendo aquello de Si vis pacem, para bellum ('Si quieres la paz, prepara la guerra'). La frase de Vegecio fue aceptada universalmente hasta que, a mediados del siglo XIX, con la guerra de Crimea, al enfrentarse a los sufrimientos de los combatientes en la batalla de Solferino, no sólo nació allí la Cruz Roja, sino que la guerra fue perdiendo aquel halo que siempre la había nimbado, y se comenzó a poner el acento más en sus horrores que en sus glorias.
Hoy por hoy, nadie considera un pleonasmo o una tautología decir que si se quiere la guerra, el más corto camino es prepararse para ella. El sentido de esta frase queda más claro si se precisa que en un país en pie de guerra, la menor chispa puede encender la pradera. Poco importa si el incendio es espontáneo o voluntario, el resultado será el mismo.
La historia está llena de conflictos, armados o no, motivados por hechos o simple frases que hoy nos parecen fútiles o cuando menos incomprensibles.
Uno de los más famosos ejemplos es el de la querella que impedía la alianza de Roma y Constantinopla cuando los turcos estaban a punto de tomar esta última ciudad y transformar en mezquita la mayor iglesia de la cristiandad, Santa Sofía.
Lo que en ese momento hacía irreconciliables las diferencias entre ambas capitales cristianas era lo que en algún momento se llegó a llamar la querella del filioque. Lo que, en romano paladino, significaba tan sólo 'y', en la frase 'y del Hijo' al invocar la Trinidad. Es el tipo de discusión que le ha dado tan mala fama a los bizantinos, pero el hecho es que ante la inminente invasión otomana se solía decir en las calles de Constantinopla aquello de que era 'preferible el turbante del turco antes que la mitra del Papa'.
Muchos años después, en 1830, según los manuales franceses, fue la bofetada del bey de Alger a un diplomático galo lo que provocó la invasión francesa y la ocupación de ese territorio norafricano durante casi siglo y medio. Hasta que los franceses mismos, a comenzar por el gobernante Charles de Gaulle, se rindieron a la evidencia y se fueron de allí.
La guerra sin glamour
Fue 1914 el último año en que la guerra fue popular. Cuando se anunció el comienzo de las hostilidades, las calles de las principales naciones europeas se llenaron de multitudes delirantes que en Berlín gritaban : '¡A París!', y en París gritaban '¡A Berlín!'.
Era, entre otras cosas, de cualquier lado que se le mirase, el entierro de una época de injusticia, cierto, pero también de paz y prosperidad europea o cuando menos una situación mejor que la que una Europa desangrada mostraría en la posguerra. El delirio de las multitudes que vitoreaban la guerra era un delirio suicida.
Cuatro años después, esos mismos pueblos aborrecían la guerra, y llegó a ser muy popular una literatura que dejaba de lado un heroísmo de folletón para mostrar el otro lado de la vida en las trincheras : la gangrena, el pus, los piojos, el hambre. En una época en que todavía no se conocía la expresión best--seller , alcanzaban fama y fortuna libros como Sin novedad en el frente de Erich María Remarque, y El fuego, de Henri Barbusse, que pintaban esa horrenda realidad del lado alemán y del francés respectivamente.
Es a partir de ese momento cuando se comienza a buscar justificación para desencadenar una guerra. Por lo general, por aquello de que la hipocresía es un homenaje del vicio a la virtud, la voluntad guerrera solía esconderse bajo el disfraz de la paz y, a veces, de la justicia.
Una actitud y una situación como esas, al contrario de lo que podría pensarse, no siempre garantiza, mucho menos resguarda, la paz. Porque aparece aquí el peligro de que se desate una guerra a espaldas de la población que, en resumidas cuentas, va a poner los muertos; o una muerte por error, o por el acto de un incontrolado, un loco que lance la tea encendida sobre la paja seca de un país crispado por el odio.
Lo primero fue el elemento desencadenante de guerras como la de 1914-1918 y la guerra civil española. En el primer caso, Prinkipo, un estudiante nacionalista serbio dio muerte a un príncipe austríaco. Con sus gesto no mató sólo a un aristócrata austriaco, sino a varios millones de personas, las que murieron el la primera guerra mundial. En el segundo caso, algunos 'incontrolados' extremistas de izquierda, dieron muerte al parlamentario derechista Calvo Sotelo.
El pretexto
El acto, que los conjurados franquistas estaban rogando a Dios que sucediera, fue el pretexto para desencadenar la guerra contra la República. Los autores del crimen no mataron sólo a un conspicuo lìder de la derecha, sino a un millón de españoles.
Pero sería una infantilidad pretender que aquellos dos actos individuales fueron la real causa de esas guerras.
Ellos se dieron en un continente y en un país en el colmo de la crispación. Porque un ejército no se organiza ni se moviliza de la noche a la mañana : estaba listo y preparado para entrar en acción. Y sólo se esperaba la ocasión para pasar de las palabras a los actos.
La guerra lleva por fuerza a la militarización de la sociedad. Pero la recíproca también es verdadera y la militarización conduce inevitablemente a la guerra. Por ello, cuando una campaña de odios contamina a una sociedad y, al mismo tiempo, por una vía u otra, por una razón u otra, se trata de reordenar una sociedad tomando como modelo el cuartel, se puede decir que el país está al bode de la guerra. Y que caerá allí de un momento a otro.
Por supuesto que, como se ha dicho más arriba, en la época actual la guerra, y su preparación, ya no son populares. Se podría decir que nos ha tocado vivir en medio de guerras que no se atreven a llamarse tales. Es por eso que suele apelarse a subterfugios para negar hasta lo que es más evidente.
En algunas naciones europeas, en vísperas del estallido de las hostilidades, se llamaba bajo las banderas a hombres en edad militar teniendo el cuidado de despreocupar la opinión opuesta a la guerra con la idea tranquilizadora de que 'la movilización no es la guerra'.
Y sucede también, y cada día es más frecuente, que si no se da la ocasión, si no aparece el pretexto, se fabrique.
Es el en su tiempo famoso 'incidente de Tonkín', fabricado por el gobierno norteamericano para intervenir en la guerra de Vietnam, algún tiempo después de que la conferencia de Ginebra sellase la derrota de los franceses que el general Giap habían hecho morder el polvo en la batalla de Dien Bien Phu. O más cerca aún, las famosas reservas de armas nucleares que supuestamente tenía escondidas la dictadura de Hussein, y que nunca fueron halladas, pese a que habían sido el pretexto para desencadenar la impopular guerra de Irak.
La conspiración judía
Hitler militarizó así a Alemania jurando que no era su intención desatar la guerra, sino todo lo contrario, buscar la paz.¨
Primero, empleó un sentimiento generalizado, que era la humillación que el pueblo alemán resentía por las imposiciones del Tratado de Versalles; luego, apelando también a un odio secular, e inventando el mito de la conspiración judía internacional para destruir las sociedades 'arias', a comenzar por la alemana. Y por último, la necesidad de conquistar un merecido 'espacio vital' que le permitiese a los alemanes respirar a sus anchas en un territorio a la medida de su población y de la vitalidad de su raza.
Una vez que una incesante, sistemática e inescrupulosa propaganda grabó esas ideas simples en los cerebros alemanes, se les podía armar y uniformar sin que se diesen plena cuenta de para qué lo estaban haciendo; de que no se trataba de imponer 'el orden' en la caótica sociedad creada por la democracia, sino preparándola psicológica y tácticamente para desencadenar una guerra. Así, fue muy fácil hacerles creer que se trataba de operaciones pacíficas la Anchluss o sea la anexión de Austria y la invasión de Checoeslovaquia.
Habiendo aceptado tanto el pueblo alemán como el resto de Europa el fait accompli de esas acciones del hitlerismo, ya sólo le faltaba que se presentase la oportunidad para hacer otro tanto con Polonia, sin preocuparse lo que podía desencadenar el juego de las alianzas de ese país con Inglaterra y Francia. Como el pretexto no aparecía espontáneamente, se procedió a fabricar uno : unos supuestos soldados polacos habían agredido Alemania.
Allí comenzó la segunda guerra mundial, allí se condenó a muerte a cerca de ochenta millones de seres humanos en el conflicto más espantoso que hubiese registrado la historia.
La víctima es la verdad
Es sobre la base de esa experiencia, de la conciencia de que la preparación de la guerra no es sino el primer paso de la guerra misma; de que, como se suele decir, que la primera víctima de toda guerra es la verdad; de que un pueblo anestesiado por la mentira y el odio se deja conducir sin protesta al matadero; todo eso condujo a que en las constituciones adoptadas en todos los países democráticos después de 1945, y en Venezuela en la de 1947, un artículo prohibiese expresamente, junto con el racismo, la propaganda de guerra.
No era pura coincidencia que esa constitución se discutiese al calor de los juicios de Nürenberg, donde el primer delito por el cual se ahorcó a los jerarcas nazis, era el de conspirar para desatar una guerra.
REGRESAR |