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Hace dos años nadie ha concursado para el posgrado de terapia intensiva en el hospital Vargas, y este año ocurrió lo mismo en el Clínico Universitario. Las razones parecieran ser puramente prácticas: desde la duración de la especialización –sólo pueden optar quienes hayan cursado primero medicina interna o nefrología, lo que suma en total 11 años de estudios-, la baja remuneración y el sacrificio que implica permanecer sin descanso en la cabecera de un paciente que lucha entre la vida y la muerte. Antes, la media anual de alumnos era de 20 o 30.
'En un mes tengo 15 días de guardia, y esto representa estar disponible las 24 horas. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que logré dormir sin que me despertaran 2 o 3 llamadas en la madrugada'. José Besso, director del Centro Médico de Caracas, describe así la vida del intensivista, luego de 34 años de ejercer la especialidad. A pesar de esta perspectiva, rescata el reto que significa salvar una vida y la satisfacción de ver a alguien derrotar la muerte.
José España, director del hospital Clínico Universitario -también intensivista- defiende la especialidad: 'Ves la vida desde todos sus aspectos y trabajas al lado del enemigo, que es la muerte'. Reconoce, sin prurito, que más de una vez ha llorado por un paciente que no logra remontar la batalla. Igualmente, expresa su preocupación porque considera que los estudiantes de medicina ya no tienen la misma mística que antes. 'Muchas personas han incursionado en esta carrera como trampolín económico; pareciera que la mística se hubiese perdido; pero en parte esto es responsabilidad de los profesores por no dar suficiente énfasis en la ética y en la formación', señaló.
Altruismo versus rentabilidad.
Reina Romero es jefa de residentes de terapia intensiva del Centro Médico de Caracas. Junto con sus compañeros Gabriela Blanco, Evelyn Castellanos, Jerry Gómez y Ruth González discurre sobre las razones que los llevaron a escoger esta especialidad. 'Lo más importante es que es multidisciplinaria', señaló el único hombre del grupo. 'Aquí se puede hacer de todo', agregó, mientras era secundado por sus compañeras que coincidieron con ese punto de vista y, además, dijeron que entre sus maestros había un intensivista, un anestesiólogo y un cirujano y que la unión de los tres les ofrecía una visión integral de la profesión.
Romero recordó que cuando comenzó a hacer su posgrado de medicina interna –en 2004- había 280 aspirantes para ocupar 65 cargos, y este año sólo hubo 45 estudiantes para 65 cargos.
Y aunque entre los residentes existe cierta reticencia a hablar sobre el tema económico como motivación, al final reconocen que algunos de sus compañeros de estudios se dejaron seducir por ese aspecto.
'Los sueldos de los profesionales de la salud siempre han sido bajos, y aunque no se puede negar que ha habido un esfuerzo por mejorarlos, el reciente aumento de 60% aún no es suficiente', aseveró Francisco Hernández, director del hospital Vargas. Según sus cálculos, un anestesiólogo privado, por ejemplo, ganaría con dos procedimientos lo que el mismo especialista ganaría en un mes en un hospital público.
Otro elemento que analizó Besso es la dinámica venezolana. A pesar de que afirma que la disminución de la cantidad de intensivistas es mundial, cree que en este país opera un agravante: 'Cada vez somos peor remunerados porque todo se hace a través de los seguros, que se tardan entre 40 o 60 días para pagar'.
Sin embargo, la preocupación que expresan los residentes apunta más bien al éxodo de colegas en busca de mejoras económicas. Todos tienen conocidos que decidieron establecerse en el exterior de manera permanente. Sara Alonso, ex directora del Consejo Nacional de Coordinación de los Posgrados de Ciencias de la Salud, indicó que en la Universidad de los Andes no hay déficit de intensivistas, pero llamó la atención sobre la fuga de talentos como uno de los principales problemas que se deben afrontar.
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| Fecha publicada: 10/03/2008 Fuente: El Nacional Tema: salud
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