Los delirios de grandeza 'bolivariana' del caudillo venezolano Hugo Chávez han tenido el efecto, hasta el actual momento, de alborotar el escenario político regional y crear una de las más profundas divisiones que jamás hayan existido entre los países latinoamericanos. Contrariamente a su pretensión de unir la América morena en un solo nacionalismo liberador de 'patria grande' frente a la hegemonía del Norte, Chávez en realidad la ha quebrado en bandos antagónicos, divididos por amargas desconfianzas y rencores.
En ese proceso, el gobernante venezolano ha inyectado al ambiente político suficiente ponzoña 'anti-imperial', para que hoy nadie se atreva a proclamarse abiertamente pro-yanqui. Por esta razón, los estrategas de Washington han comprendido que se encuentran en posición débil y que, de modo directo, no tienen cómo intervenir eficazmente en las decisiones del Sur.
Por ello, más que nunca, necesitan la ayuda del sub-imperio que es Brasil. Ese gran país –imponente por su dimensión territorial y demográfica, por su dinamismo creador y por su egoísmo nacional francamente hegemónico– ha venido manteniendo una línea constante (salvo algunas tensiones en los años treinta y en el breve período de Joao Goulart) de convivencia y entendimientos con el polo fundamental del poder hemisférico; es decir, con los Estados Unidos. Desde Río Branco hasta Amorim, todos los conductores de la diplomacia brasileña han entendido que la mejor manera de ganar predominio sobre el subcontinente sureño (venciendo a aspirantes rivales, como lo era en tiempos mejores la hoy maltrecha Argentina) consistía en obtener el beneplácito de Washington. A lo largo del siglo XX y hasta hoy, los fríos y sagaces negociadores del Itamaraty han sabido convencer a los mandatarios del Norte de que 'a donde va Brasil, va la América Latina' (frase de Richard Nixon). El poder hegemónico número uno (EEUU) acepta ceder un espacio sub-imperial a esa impresionante potencia sureña que, de paso, sirve de vocera eficaz de reivindicaciones nacionales y regionales latinas, al traducir en términos moderados y aceptables lo que antes era vocinglería extremista. Las conversaciones sostenidas hace pocos días por el ministro brasileño de la Defensa, Jobim, con los titulares norteamericanos de Defensa y Exteriores, y las que se desenvolvieron en Pernambuco entre Lula y Chávez, constituyen otro apasionante episodio en el desempeño, por Brasil, de este papel de moderador y mediador sub-imperial. REGRESAR |