Ayer, gracias a unas elecciones internas del Partido Socialista Unido de Venezuela, no salió al aire el programa Aló, Presidente, es decir, no hubo el consabido terrorismo mediático dominical, lleno de insultos y amenazas contra la gran mayoría de los venezolanos, que no quieren que el país siga en la guerra social que el chavismo propone a cada momento. De suerte que, por 24 horas, la nación entera sintió que era posible descansar y reflexionar un domingo, aunque el jefe del Estado aprovechara unas horas para parlotearle a sus seguidores, pero sin molestar mucho.
Entre otras cosas, el primer mandatario nacional se ocupó de poner un poco de orden en el saco de gatos que constituye su nuevo partido, y tratar de disciplinar la ambiciones de los grupos internos, que mantienen una pelea a cuchillo por 'cuadrar' el control de la organización para sus propios e individuales fines electorales.
En verdad, lo que se está construyendo en el interior del PSUV no es una maquinaria partidista, ideológicamente orientada y electoralmente aceitada, sino una montonera llena de ambiciones inmediatas y caudillistas: un chavifundio donde cada quien tiene su parcelita o su conuco, bajo la égida de un político regional y poderoso que tiene acceso al Presidente, valga decir, a la instancia nacional donde todo se resuelve y se decide sin contraorden.
No es un invento de los últimos tiempos, sino una característica de los regímenes populistas en los cuales se gobierna en función de las lealtades personales o militares. A partir de esa conexión política inicial (el enchufe con Miraflores) nace una interactiva red de apoyos y reparto de comisiones en dinero o tráfico de influencias, que es -en última instancia- lo que nutre al partido en general. Si no existiera esa red adinerada, no habría partido ni votos, ni mítines ni movilizaciones en las calles.
En este momento, cuando el apoyo popular al proyecto estratégico socialista de la revolución bolivariana se viene abajo y la gente de los barrios critica abiertamente la ineficiencia del Gobierno, al presidente Chávez se le está quemando el cohete. Ya no puede subir más en la estima de los venezolanos, ni tiene capacidad real para exigirle a los venezolanos que lo querían 'un esfuerzo más'. Las encuestas aliñadas y publicadas por sus periodistas amigos no tienen otra consecuencia que alimentar la esperanza de un alivio en sus padecimientos políticos actuales, pero no significan un repunte real en el fortalecimiento de su carisma entre las masas, hoy muy anémico y desteñido.
Eso se nota en su llamado, muy a la política antigua, para recabar el apoyo de la 'burguesía nacional'. Válgame Dios, ahora la burguesía se divide (¡Ay, olvidado Marx!) en dos territorios; uno maligno y al servicio del 'imperialismo norteamericano', y otro que puede ayudar a enfrentar la crisis social y económica del país. Uno es malo y otro es muy útil: ¿Cuándo dejará de ser tan buena y útil la burguesía nacional? ¿Cuando el Gobierno se haya estabilizado? REGRESAR |