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La idea no es nueva. Hace años que en el magisterio y en el profesorado que se formó desde 1936 y, sobre todo, durante la época de la penúltima dictadura, la de Pérez Jiménez –penúltima porque todavía no sabemos cuál será la última–, se fue formando una corriente alimentada de marxismo barato, el que exportaba la Unión Soviética, en las publicaciones en español y en todos los idiomas, editadas por el Instituto Marx Engels Lenin, de Moscú.

Entre las tendencias predominantes estuvo, por supuesto, alterar la historia, porque el totalitarismo, como lo indica su nombre, es total y pretende mezclar el pasado con el presente para darle forma a la utopía del siglo XIX, que por un tiempo se mencionó con el nombre del materialismo histórico. Recuerdo la sabrosura verbal con que pronunciaban los profetas del marxismo, hoy definitivamente anacrónico, las explicaciones de la historia universal y nacional. Ya entonces el simplismo era conmovedor. Pero ahora es trágico. Aquí el marxismo local pretendió explicar la sociedad como si hubiésemos tenido en la América hispana anterior a la Independencia algo parecido a la Revolución Industrial. Comenzaron a hablar de burguesía y de capitalismo, cuando nuestras más complejas relaciones mercantiles escasamente sobrepasaban las costumbres tan picantemente descritas en Tosta García y otros autores nacionales que dejaron crónicas deliciosas, pero con las cuales no se construye una filosofía de la historia.

El marxismo tropical inventó una burguesía y un capitalismo, unas 'relaciones de producción', expresión que servía para gargarizar la idea. Y en cuanto a la tierra, sí hubo relaciones de un rudimentario sistema que, con caprichosa metáfora, podría parecerse al feudalismo y que en general fue, ciertamente, un sistema de explotación y de desigualdad.

Una urbanización parasitaria atrajo la gente del campo, no porque en las ciudades hubiese trabajo, sino por el fracaso de la agricultura. Empezamos a hablar de población urbana cuando hemos debido decir ruralización de las ciudades.

Las dictaduras revolucionarias como la de Castro requerían la indumentaria de todo este lenguaje para darle nombre tropical a lo que no era otra cosa que la repetición de la revolución bolchevique o de la maoísta. Pero allí no hubo ni hay nada más. La supuesta revolución bolivariana, como su madre adoptiva, la cubana, son desnudos ejercicios del poder unipersonal, en el caso de la bolivariana con el agravante de que es una falsificación del diseño conceptual del padre de la Independencia, Simón Bolívar, quien no fue un ideólogo sino un hombre de guerra, educado y culto, pero básicamente hombre de acción. Tomarlo como profeta es un abuso de la ignorancia.

Pero, ¿por qué secuestrar la educación? Para ejercer el poder brutal no requerirían ese esfuerzo. Pero, para vestirse de acontecimiento histórico y presentarse como un proyecto durable, se sienten impulsados a voltear la cara de los hechos históricos para insertar en el proceso un aire de duración y porvenir. Es una ilusión de longitud.

Pero es que también existe allí un enfrentamiento a la cultura y al progreso. Aspiran a una sociedad endógena, donde el progreso esté representado por el plátano y la verdolaga y no por la computadora. Rechazan la tecnología y los saberes y aprendizajes que amplíen la conciencia y la oportunidad.

En Venezuela deberíamos tener la meta de una sociedad bilingüe para poder circular ágilmente en la globalización, que apueste fuertemente a la tecnología. La ciencia, las matemáticas, la cibernética, son prioridades. También la historia, la filosofía, la literatura, la pintura, la música, en forma resumida, las humanidades, para que aprendamos a distinguir entre lo verdadero y lo falso y no mezclemos un 4 de febrero, rebelión cuartelaria, con el 19 de Abril, hecho germinal de una república que todavía no ha podido ser.

El secuestro de la educación es un hecho maligno, embrutecedor. La Unión Soviética, a pesar de sus perversiones políticas, pudo ser superpoder mundial porque tenía matemáticos que hacían cálculos en las estrellas. Con las matemáticas del trueque endógeno no se adquiere un billete para circular en el siglo XXI.

¿Cuál es el país que queremos? ¿Cuál es el tipo de gente que requerimos para alimentar el proyecto nacional? La respuesta está más en Cecilio Acosta que en Hugo Chávez.

Sin olvidar que todo pasa por la educación del ciudadano, entre cuyo aprendizaje se encuentra combatir la basura como un enemigo histórico. REGRESAR


Fecha publicada: 15/04/2008
Fuente: El Nacional
Tema: educacion

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