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Este asco grande, esta aversión, comenzó seis años atrás y se hace recurrente cada once, doce y trece de abril de cada año, todos los años. El Jefe Supremo en su calculada obsesión propagandística de recontar la historia, en cada nueva efemérides, versiona una y otra vez los hechos, ya de por sí distorsionados, hasta hacer del épico relato una inmensa bola de chicle bomba, que de tanto masticarla termina por perder hasta el dulce de la mentira socarrona.
No fue distinto esta vez, cuando la náusea se apoderó de los venezolanos, al escuchar de nuevo la historia oficialista de los sucesos que condujeron a su salida de Miraflores y a su pronta reaparición en las puertas del canal 8. Sólo que esta vez, como suele suceder en los recuerdos orales de los cuentacuentos, hubo espacio para un nuevo ajuste al guión presentado a la nación hasta el año pasado, que excluye sin rubor la figura del hasta ayer prócer de la restitución, el general Raúl Isaías Baduel.
Los actos conmemorativos contaron, como ya es costumbre, con el mismo telón de fondo: una inmensa bota militar, agigantada esta vez con la novísima reserva, guardia pretoriana del Presidente, que en conjunto y al ritmo del marcial chas-chas de sus enérgicos pasos, lo vitoreaban con la consigna básica del régimen de 'Patria, Socialismo o muerte', pateando a su paso la Constitución vigente, que taxativamente les impone un carácter no beligerante ni proselitista.
La nota inédita estuvo conformada por los exculpados de Puente Llaguno, invitados de honor a los actos, que envalentonados se mostraron como confesos gatillos alegres defensores del pueblo y exaltados por la cúpula asambleísta como auténticos héroes de la revolución. Enfundado en verde oliva, el altisonante Comandante en Jefe fue apenas superado en ficciones y ditirambos por ese curioso personaje, de voz estentórea, locutor especialista en narrar fechas patrias con anacrónico dejo de cursilería romántica y decimonónica.
Toda una parafernalia belicista que a lo largo de 36 horas consecutivas produjo también, como siempre, su respectivo acto paralelo, suerte de juego floral, en el cual todos los politiqueros y adulantes de oficio, pugnaban por ser los más creativos a la hora de honrar la gesta de aquellos días y a su figura protagónica. Aunque unidos en alzhaimer colectivo, ninguno recordó y mucho menos reflexionó sobre la frase aún sangrante, pronunciada por su entonces ministro de la Defensa: '...se le pidió la renuncia al Presidente, la cual aceptó'.
No obstante, toda esa logística propagandística engañabobos, desplegada año tras año, desde el primer aniversario de los sucesos de abril de 2002, esta vez ni siquiera logró su cometido de convertirse en noticia primordial, en supremo titular. Si en pleno proceso de entrega de rehenes, Lina Ron, al invadir el Palacio Episcopal, se robó todo protagonismo del interés nacional, esta vez fue el fantasma viviente del caso Anderson, el testigo estrella Giovanny Vásquez, quien le aportó nuevas arcadas a la náusea recurrente que provoca este Gobierno. REGRESAR |
| Fecha publicada: 16/04/2008 Fuente: TalCual Tema: politica
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