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¿Cuál es la próxima jugada de Chávez? ¿En qué anda Baduel? ¿Llegará Mendoza a la Gobernación de Miranda o López a la Alcaldía Mayor? ¿Qué harán los dirigentes estudiantiles y empresariales? ¿Sirven para algo preguntas como éstas? De algo, pero no de mucho. Es más, pueden ser peligrosas.
Hay que insistir una y otra vez en que para otear el rumbo de los acontecimientos es muy insuficiente y desorientador centrar la atención en la conducta de personas por muy importantes que parezcan, hasta por muy Chávez que sean. ¿Cuándo nos convenceremos de que el curso de la historia no puede ser barruntado centrando la mirada en los personajes –es decir, en personas con nombre, apellido y número de cédula– que aparecen en la prensa, la televisión, la radio o la plaza pública? Para olfatear lo que puede ocurrir, hay que acercarse a la tierra y pegar la oreja para escuchar y tratar de entender lo que dicen las fuerzas de la economía en la cual participan empleadores y empleados, la renta del Estado petrolero, la gente que se enriquece y la que se empobrece, los intereses de quienes tienen dinero y los de quienes defienden lo poco que tienen, la dinámica del poder que fortalece a unos y debilita a otros, las penurias de la gente pobre, la creciente inseguridad personal, los intereses de otros países, las maneras de ver las cosas y las expectativas de la sociedad popular, la incapacidad de las élites para comunicarse con esta sociedad, etc., etc., etc.
Es todo lo anterior y más, lo que moldea la historia. Lo que ocurrirá, entonces, no dependerá tanto de rasgos personales para liderar movimientos políticos o sociales, sino, más bien, de una complejidad de factores de naturaleza mucho mayor que el conjunto de variables particulares –por ejemplo, el carisma, la inteligencia, la preparación, la riqueza o el grado de poder– que influyen en la conducta individual. Ello no significa que las personas no influyan en el devenir histórico, sino simplemente que tal influencia fácilmente puede ser exagerada, que, de hecho, la estamos exagerando, y que, al hacerlo, podemos perder eficacia en la acción.
La eficacia del liderazgo exige, como condición fundamental, la comprensión de las fuerzas que actúan en la realidad en la cual se quiere liderar.
Ningún líder logra sus objetivos actuando contra la realidad, sino, más bien, actuando con ella. Aun así, ningún ser mortal posee la inteligencia divina para captar, comprender y dominar la infinita complejidad de los fenómenos humanos. Es necesario hacer estas obvias aseveraciones porque la discusión de la situación del país está exageradamente centrada en personajes, anécdotas y candidaturas.
Hollywood se ha convertido en la gran escuela de unos cuantos historiadores, sociólogos y politólogos. Así, para gran parte de nuestras élites, Gómez explica el gomecismo, Pérez Jiménez el perezjimenismo y Chávez el chavismo.
De esta manera se desdibuja la sociedad. Por esa razón, quienes no ven líderes que compitan con el Presidente no encuentran salida a la actual situación política. Esas personas olvidan que la sociedad es la más efectiva productora de personajes que el mundo ha conocido. Ella inventa el guión y lanza a las personas al escenario. A Napoleón lo hizo la Europa de la época en que actúo y no al revés. Por no entender esto, Pérez fracasó con su Gran Viraje, la Cuarta República desapareció y el régimen actual puede perder el poder.
Esto último podremos acelerarlo cuando comprendamos mejor en qué sociedad existimos, cuando entendamos el cuento de la historia como es y encontremos la sociedad perdida REGRESAR |
| Fecha publicada: 17/04/2008 Fuente: El Nacional Tema: politica
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