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Entre la Venezuela aquella, no exenta de errores -que construyó la red vial nacional, las urbanizaciones caraqueñas de clase media baja y media-media, la infraestructura hospitalaria y educacional; aquella Venezuela que de algún modo mostraba índices de desarrollo agrícola y pecuario- y esta Venezuela -la que no admite errores, aunque no exhibe ni una sola urbanización de las dimensiones y significación de Caricuao, Antímano, El Valle, Coche, 23 de Enero, por sólo mencionar las ubicadas en Caracas- la distancia es sideral. Entre aquella Venezuela creadora y ésta -donde con total desvergüenza se llenan los anaqueles de Mercal con artículos importados de Chile, Argentina, Brasil, pero no se exhiben ni venden los frutos de nuestra agricultura o de la producción ganadera- hay un abismo. Entre esas dos Venezuela -verdaderas, no mediáticas- reconocidas por la actual clase política -unos para zaherirla, otros para ensalzarla-, existe una diferencia fundamental: aquella muestra lo que el ser humano es capaz de hacer con dinero; ésta evidencia lo que el hombre es capaz de hacer por dinero.

¡Imposible!
Entre aquella Venezuela -para qué negarlo, que más de una vez liberó de responsabilidad a los culpables- y ésta, mayor brecha ¡imposible! La actual persigue, expone al desprecio público y hasta condena a la cárcel o al exilio a inocentes. Inocentes, no porque un testigo mitómano y en consecuencia, inhábil para rendir testimonio a favor o en contra, lo afirme o lo niegue, o las dos cosas a la vez, sino porque los mismos fiscales actuantes reconocen la escasa pulcritud, por decir lo menos, en la obtención de las pruebas de culpabilidad. La convicción de inocencia, tan legítima como la certeza de culpabilidad, surge porque el entonces Fiscal General, exhibe esa prueba testimonial como determinante y concluyente.

En ese caso penal, consecuencia directa de los acontecimientos de abril de 2002, el Gobierno ha empeñado años de esfuerzo denodado y consistente, al igual que lo hace respecto de los secuestrados colombianos o en su batalla acérrima contra el imperio -malo-, la intromisión extranjera -no consentida-, o la oposición -no querida-, mientras por fuerza del discurso disminuye la delincuencia estadística para ocultar el descontrol de la delincuencia real. Esta no sólo produce muertos, sino inválidos, viudas y huérfanos a granel; hogares destruidos moral y económicamente; niños y adolescentes en el desamparo total y absoluto, condenados al hambre y la miseria, truncada su educación y posibilidades de supervivencia al perder el apoyo de sus padres. Nadie, por cierto, le exige al Estado que asuma su responsabilidad, por vía indemnizatoria, frente a la ausencia de políticas de prevención y, peor, ejecución de medidas represivas, cuando las hay. Demasiado ocupada está la revolución en hacerse de ingresos para sostener su expansión, en elaborar currículos para hilvanar la historia con ánimo de vencedor, por eso infla sus pequeños logros: el sobreviviente de la crisis hospitalaria es un Lázaro de la revolución, las operaciones oculares, son milagros revolucionarios, tapar un hueco es un exitazo del poder comunal, un graduado de bachiller o de técnico superior, con o sin materia vista, es una proeza misionera.

Latifundio
La mal llamada recuperación de tierras tiene el sentido épico de la lucha contra el latifundio. Pero no ha mostrado el Gobierno aumento en la producción petrolera, inversión más que deuda en la industria, las realizaciones de las cooperativas, ni solución al problema eléctrico, tampoco los sembradíos, ni la ganadería producto del esfuerzo revolucionario. Nuestro petróleo ha servido para comprar la telefónica, la electricidad, las cementeras, la empresa del acero, hoteles, medios de transporte y de comunicación, haciendas, armas, aviones, a poco de un satélite artificial y muchas conciencias y voluntades -al mayor y al detal- con la sola intención de asegurar el poder gubernamental. La riqueza petrolera, empleada hoy más que nunca con absoluta irresponsabilidad, es utilizada con ánimo de dominación y no como palanca de la producción, drenada hacia las alforjas de la corrupción, empleada para apuntalar las tomas de fincas, para desplazar la iniciativa privada, para solapar la espantosa orfandad que produce el crimen y la impunidad y para arar en el mar con buques transportadores de suministros para Mercal. Con esa riqueza petrolera -¡alerta! que camina- el Gobierno está sembrando el hambre en nuestra geografía. REGRESAR


Fecha publicada: 28/04/2008
Fuente: El Universal
Tema: gobierno

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