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S e dice que por centurias y hasta el siglo XVII los alquimistas no descansaron en la búsqueda de una hipotética sustancia a la que le asignaban virtudes y propiedades maravillosas. La imaginaban como un polvo seco, procedente de alguna piedra especial a la que llamaban 'piedra filosofal'. La sustancia asociada a la piedra filosofal, según los alquimistas, podía transformar al plomo o al mercurio en oro, servía como un enérgico depurativo de la sangre y poseía facultades curativas asombrosas; para algunos incluso, el germen de la inmortalidad. Trataron de llegar a ella añadiendo azufre al mercurio. Paracelso lo intentó buscando proporciones adecuadas de óxido de calcio, alcohol y carbonato de potasio. Sin embargo, por mucho que lo intentó, el alquimista suizo nunca consiguió obtener la legendaria sustancia.
Todavía en el siglo XX, gente con formación científica como Jacques Bergier, emitió la hipótesis de que la piedra filosofal podría ser una sustancia radioactiva obtenida por medios no convencionales (como la fisión).
En su búsqueda por vislumbrar una terapia contra la inflación, los alquimistas nativos han ensayado también insospechables inventos.
Desde su elevado monasterio, un ministro algo siniestro ordenó hace ya un tiempo el anclaje a toda costa del tipo de cambio nominal. Su experimento le estalló en la cara en febrero del año 2002, y de paso, nos dejó achicharrados. Poco tiempo después, vino otro ensayo: el control de precios y la persecución policial. El país se quedó sin comida y los inventores generaron tal enredo que ahora no saben cómo salir del descalabro. El pasado año un flamante ministro, con una cabeza no muy bien puesta, nos vendió la Reconversión Monetaria, pero pasados tan sólo cuatro meses, su obra personal se ha hecho añicos, y la inflación se pasea galopante en los abastos y mercados.
Hoy nos ha sonreído la fortuna y desde el califato de los Abatidas nos llega el más grande de sus alquimistas, con calificaciones incluso superiores a las del gran Abú Musa al-Sufí (se sabe que la alquimia árabe es tan misteriosa en sus orígenes como la de las regiones italianas de Liguria, pero sin duda mucho más atrevida). Se nos dice ahora que la cura está en nosotros mismos. Debemos ahorrar más. El consumo es un pecado y el ahorro una virtud cardinal. Keynes, un farsante, un fracasado que nos hizo creer que el ahorro es una variable pasiva, nos desvió del sendero. Regresemos a 1936 y reiniciemos la teoría económica. REGRESAR |
| Fecha publicada: 09/05/2008 Fuente: TalCual Tema: economia
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