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La guerra de encuestas ha comenzado. La necesidad de la oposición de encontrar candidaturas unitarias que le garanticen el triunfo en el llamado corredor electoral (estados y municipios que concentran a 60% de los electores del país) ha desatado la confrontación de estadísticas de intención de voto. Todos quieren ser candidatos de la unidad y sustentan sus aspiraciones en estudios de opinión pública que le sitúan como ganadores de la carrera electoral.
En esta batalla de opinión pública, ¿en qué encuestas debe creer el elector? La respuesta a esta interrogante no es sencilla.
Durante la celebración del foro 'Encuestas de opinión pública y manipulación política', organizado por el Centro Interamericano para el Fortalecimiento Institucional, Carmen Fernández, docente de la Universidad Metropolitana y presidenta de DataStrategia, destacó que Venezuela carece de una 'estandarización' para hacer -y difundir a través de los medios de comunicación social- estudios de opinión pública.
Esta crítica no es nueva, incluso, para intentar evitar que se reediten confrontaciones públicas como la de la campaña presidencial del año 2006, el CNE incluyó en el proyecto de Ley de Procesos Electorales regulaciones que impiden la publicación de encuestas sin ficha técnica y sin mención expresa de la persona -natural o jurídica- que la financia.
Con el criterio de Fernández concuerda el politólogo José Vicente Carrasquero, quien sostiene que los medios venezolanos 'normalmente no saben manejar números y se limitan a hacer transcripciones de las notas de prensa interesadas'. Alerta que por esta falta de rigor los medios suelen equivocarse en sus interpretaciones y análisis.
Para Luis Vicente León, director de Datanálisis, es vital que los electores, analistas y políticos comprendan que las encuestas son fotografías muy precisas de un momento específico de una campaña, pero no sirven para 'predecir' el futuro, sólo para tomar decisiones que permitan corregir problemas o percepciones de la opinión pública. Sostiene que debe diferenciarse siempre el dato de la interpretación que se hace de ese dato, además de desconfiar de las empresas que 'aparecen' en cada campaña electoral para ofrecer resultados.
Sobre el método para recoger información, el director de Datanálisis sostiene que las encuestas telefónicas -empleadas con mucha frecuencia en EEUU- no son apropiadas para el mercado electoral venezolano. ¿Por qué?, básicamente porque menos de 60% de la población posee teléfono residencial, provocando que 'la aleatoriedad de la muestra esté pervertida', porque los barrios quedan excluidos del estudio. Aclara que no existen realidades únicas y que en casos específicos, como el del municipio Chacao del estado Miranda, pueden funcionar las encuestas telefónicas.
Fernández, Carrasquero y León concuerdan en que la primera pregunta que debe formularse un elector para saber si confía o no en un estudio de opinión es conocer quién lo financió. Según los manuales editados por el Media Studies Center del Freedom Forum (EEUU) conocer este dato permitirá descartar encuestas 'dudosas' realizadas exclusivamente para ayudar a un candidato a ganar con preguntas tendenciosas o métodos extraños.
Otra dato básico que se debe conocer es la fecha del trabajo de campo. Carrasquero coloca la dispuesta de opinión pública en el municipio Chacao como el mejor ejemplo de la importancia de escoger el momento adecuado para hacer la encuesta. Dos candidatos en el municipio exhiben estudios de opinión que los colocan ganadores. ¿Cuál es la correcto? En esencia las dos. La diferencia se encuentra en el momento en que se hicieron los estudios: antes y después que el alcalde Leopoldo López apoyara públicamente a uno de los dos aspirantes. Por último, León recuerda lo ingrato que es publicar estudios de intención de voto: 'Las encuestas le gustan a la gente cuando le dicen lo que quiere escuchar'. REGRESAR |
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