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El Gobierno actual ha venido haciendo alarde en los últimos años del incremento experimentado por los ingresos fiscales de origen no petroleros. Dicho incremento es explicado en buena medida como la consecuencia de un proceso más agresivo y riguroso de fiscalización por parte del Seniat que es en líneas generales aceptado e incluso alabado por el sector privado y por los ciudadanos en general.
Sin desmerecer de los esfuerzos del ente recaudador y de quienes lo han liderado (y aprovecho para enviarle mis reconocimientos al señor Vielma Mora en particular), creo importante colocar los logros en materia de tributación no petrolera en su justa dimensión.
En primer lugar, porque los ingresos petroleros siguen representado más de la mitad de los ingresos del Gobierno central, proporción similar a la alcanzada en 1994. En segundo lugar, porque a pesar de su incremento en términos absolutos, como consecuencia del aumento en el gasto público, el balance fiscal sigue siendo deficitario o cuando menos precario.Y en tercer lugar, porque la categorización de ciertos tributos como no petroleros tiende a resultar engañosa.
Para comprender mejor este último punto, imaginemos la dinámica de las finanzas públicas como un proceso que tiene lugar en dos fases o momentos: En un primer momento, el Gobierno obtiene el ingreso petrolero en términos de regalías, Impuesto Sobre la Renta y dividendos. En un segundo momento, gasta estos recursos en remuneraciones a los empleados del sector público y en cancelar las obligaciones con empresas proveedoras de bienes y servicios al gobierno central. En un tercer momento, los receptores de estos ingresos lo gastan en bienes y servicios generados -o importados- por el sector privado, y naturalmente, los nuevos receptores se dan la vuelta y hacen lo propio.
Justo entonces, entra de nuevo el ente recaudador para en buena medida retomar lo que entregó en el segundo momento (a través del IVA, de los aranceles de aduana y del Impuesto sobre la Renta, por ejemplo).
Como vemos, es como si el Gobierno repartiera el ingreso petrolero y luego regresase para quitarnos una porción de lo que nos dio, y esa segunda porción es la que llamamos ingreso no petrolero. Es por ello que resulta muy objetable desde el punto de vista conceptual concebir estos últimos impuestos como no petroleros. Dependen en gran medida del impulso económico generado por el gasto de los ingresos petroleros y como porción del gasto que son, crecen en la medida en que se eleva este último. Esto caerá irremediablemente cuando se reduzca el gasto público.
Aplaudamos al mago, pero no nos hagamos ilusiones. REGRESAR |
| Fecha publicada: 06/06/2008 Fuente: TalCual Tema: gobierno
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