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A pocos escapará que el famoso partido único no tiene como objetivo la conquista del llamado nuevo socialismo, sino algo inmediato y menos ideal: el triunfo en el próximo proceso electoral en todos los estamentos del cuerpo político. Porque ese sólido equipo, robustecido con el apoyo que significan las arcas del tesoro público y el sermón cotidiano del jefe máximo, quien no desperdicia oportunidad para promover a sus candidatos sin importarle la prudencia a que lo obliga el cargo que detenta y la normativa del cuerpo que se supone debe regir lo relativo a las campañas, puede imponerse fácilmente sobre una oposición dividida.
En un principio, muchos confiamos en que las instituciones partidistas abrirían cauce amplio de sensatez y discurrirían fórmulas inteligentes para derrotar el propósito continuista del hombre de Sabaneta -que las ha habido-.
Pero en oportunidades, pareciera que algunos dirigentes olvidaran los momentos difíciles por los cuales está atravesando el país, para sumirse en discusiones agrias, inoportunas; en ataques que los mal ponen a la vista de todos por la carga de violencia que predispone a pensar que la unidad de que tanto se ha hablado no resiste la menor indiscreción.
De violencia, iniquidad, arrogancia; de odio y manipulación, derroche, corrupción, hemos estado llenos estos últimos años. De allí que una pelea a estas alturas, que resquebraje la unidad de propósitos para derrotar al adversario a tan escasos meses para el proceso comicial, es una mala señal y un error político. Es preciso hacer el señalamiento y esperar que esas aguas, a punto de desbordarse, sean contenidas a tiempo. El oficialismo está en su punto más crítico.
Tiene enormes brechas que pueden profundizarse con un discurso ajeno al revanchismo y a peleas insustanciales. No está planteada una rebatiña por el poder, sino la posibilidad de una transformación que propicie un futuro más lógico y posible para todos los venezolanos, no para una secta sumisa. Está planteado un porvenir civilizado, la necesidad de un gobierno austero y sensato. La famosa pelea de los borrachos por una botella vacía debe pasar a la historia. REGRESAR |
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