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No se les dice indios, en primer lugar, porque es políticamente incorrecto y porque es más adecuado llamarlos pobladores ori ginarios. Pero también porque en el pasado llegó a establecerse una sinonimia entre el indio y el tonto. En el episodio del trueque que hicieron de sus piezas de oro por las baratijas colombinas se asentaba la absurda analogía. Pero hete aquí que del estadio de estupidez en la cual se los quería encasillar, han pasado a convertirse en modelos de la nacionalidad y del espíritu hispanoamericano.

Tan arbitraria como la analogía inicial es la atribución que los convierte en esencia de la sensibilidad continental, pero es cosa de demagogia que no deja de producir intereses a los manipuladores de efemérides. La conmemoración del encuentro de América (¿estará bien dicho, o habrá que buscar otra denominación afortunada en nuestros días para expulsar del mapa a don Vespucio?) los ha transfigurado en héroes de la resistencia contra el imperialismo, en algo parecido a los precursores de la Independencia, como si se pudiera jugar impunemente con los rasgos de cada tiempo y con las motivaciones de los personajes ubicados en su teatro. Para establecer expresa distancia frente a tales prendas de insensatez, de seguidas se asoman unas versiones capaces de llevar a una interpretación distinta. Quizá parezcan tiempo perdido ante la verborrea indoamericana, pero por allí van ahora mis tiros del 12 de octubre.

¿Hubo resistencia indígena, según plantea en términos exclusivos el nuevo bautismo del hecho histórico?

Desde luego, no en balde destacaron en el empeño guerreros admirables como Cuacthémoc a la cabeza de contingentes aztecas y Guaicaipuro entre nosotros. Diversos jefes de las naciones aparecidas levantaron el hacha de la guerra, aún después del establecimiento de los virreinatos, y fueron repelidos con brutalidad. Sin embargo, también se repitió, más de lo que quiere reconocer la historiografía 'revolucionaria', el fenómeno del colaboracionismo. Debido a que los arcabuces del hombre blanco podían librarlas de sangrientas dominaciones impuestas por colectividades de los aledaños, abundaron las poblaciones originarias cuyos representantes unieron sus fuerzas a los coraceros para librarse de vecinos incómodos, o para no pasarla mal con los recién llegados. Casos como los de los guaiqueríes y los caquetíos asentados en territorio venezolano se multiplicaron en numerosas latitudes. La colaboración desembocó en la concesión de privilegios a los caciques y a su descendencia, como el uso de bastones de mando, la ubicación en asientos de preeminencia, la provisión de regulaciones específicas y distintivos especiales de autoridad. Gracias a una política cuidadosamente tejida por la Corona se formó una alianza entre el blanco conquistador y el indígena conquistado, capaz de mantener sin mayores interferencias la dominación colonial. Partiendo de las mercedes concedidas a los colaboradores se estableció un estable condominio que no sólo sirvió para apuntalar la administración de España frente a las potencias extranjeras, sino también ante los insurgentes desde la segunda mitad del siglo XVIII.

Contra los explotadores Y así nos arrimamos al leño ardiente de la reacción indígena frente a los movimientos de independencia, embrollo de trascendencia en el discurso del 'buen salvaje'. Los voceros de las revoluciones que ahora pululan no tocan ni de lejos el tema (para ellos es más bien un anatema), pero cualquier individuo medianamente informado conoce los apuros de las aristocracias ante la reacción de los sujetos autóctonos cuando desapareció el imperio hispánico. Hete aquí que los indios no se engalanaron entonces con el gorro frigio ni levantaron las banderas de las nacientes repúblicas. Al contrario, se jugaron la vida por el Rey a quien consideraban como un padre enviado por la Divinidad. Nadie puede negar que en la conducta influyeran las prédicas religiosas a través de las cuales se establecía un vínculo entre el trono y la salvación del alma; pero, a la vez, es evidente cómo, en el fondo de su corazón, preferían el lejano dominio del monarca a la cercana coyunda de los criollos, quienes habían sido sus explotadores desde la antigüedad.

Menudo rompecabezas trataron de soldar sin mayor suerte los bolivarianos, los sanmartinianos, los santanderistas y los iturbidistas, ante las indiadas que clamaban por Fernando VII mientras enarbolaban el estandarte del apóstol Santiago. Estamos también ante un escollo para las versiones de moda, cuyos artífices no encuentran cómo hacer con los personajes a quienes pretenden convertir en paradigmas, pero a quienes se les metió en la cabeza un aguijón que los enemistó con los fundadores de las patrias americanas. Tal vez pronosticaran esos taimados hombres de piel cobriza el despeñadero hacia el cual los conducirían los primeros ensayos de república, cuya dirigencia los echó de las 'reducciones' establecidas en la colonia, les sacó el escudo de las leyes de la cultura católica, les escamoteó la propiedad de parcelas rurales y los puso a pagar impuestos como los ciudadanos que entonces se estrenaban, o como si tuvieran la botija llena.

Hay más tela para cortar en un tema tan socorrido, pero quizá los apuntamientos anteriores sirvan para advertir la existencia de un trajín que no parece cristalino según lo propalan ahora ciertos corifeos que se hacen pasar por redentores. Tal vez no haya personas susceptibles de redención desde una cátedra unilateral que quiere saldar a su manera, con verdades a medias, con estereotipos, con simplezas, las cuentas con el pasado. Ese pasado remite a una evolución cuyos rasgos, analizados con honestidad, reflejan una personalidad colectiva peculiar que ha sabido buscar su ubicación en la sociedad y lo hará otra vez con mayor propiedad sin muletas dudosas o sospechosas. Es lamentable, pero todavía hay gente que quiere cambiar oro por baratijas. REGRESAR


Fecha publicada: 12/10/2008
Fuente: El Universal
Tema: acerca

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