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Sobre la estatización de las compañías de electricidad del país, especialmente sobre La Electricidad de Caracas, al gobierno le aplica perfectamente aquella máxima del universo anglosajón: no repares lo que no se ha descompuesto.
Tanto estatizar como privatizar son nociones que se vacían de contenido si sobre ellas hacemos consideraciones ideologizadas. Ambas son categorías instrumentales, que cobran sentido en la medida en que sobre ellas se tomen decisiones atendiendo requerimientos concretos. Se estatiza o se vende, según el caso. Según convenga. Privatizar a troche y moche, como lo hizo Menem y como lo hizo Yeltsin, deja al Estado sin herramientas y a la ciudadanía indefensa ante piratas e inescrupulosos. Estatizar todo lo que camine, como hizo Fidel y alguna vez Alan García, coloca a las sociedades en manos de los traficantes de cargos, los funcionarios de partido sin luces.
Esta reflexión no tiene nada de audaz: el 'tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario' es una realidad consolidada en la política de hoy. Tanto, que en algún momento el gobierno fue capaz de verla. La herejía está en la misma Constitución Bolivariana.
Luego de haber andado un trecho haciendo una interpretación relativamente sensata de la relación Estado-mercado, Hugo Chávez botó el juego por la ventana cuando se convenció de que él es la continuidad viva de Fidel Castro. Es decir, cuando hizo de las estatizaciones una política de Estado condenada a ser eternamente buena y siempre justificada. Estatizar será lo patriota.
¿Quién recuerda que, en el pasado, alguna vez se haya producido esta sucesión de apagones en Caracas? ¿Cuándo se había quedado toda la nación inmóvil luego de tres inquietantes cortes de luz? Mientras se abultan nóminas, se promueve a los que son mediocres, mientras los mandos gerenciales se dedican a esquilmar al Estado entonando himnos a la clase obrera, seguiremos escuchando los argumentos oficiales en las cadenas de televisión. 'La sangre de la patria tiene savia nueva en este amanecer'. 'La Batalla de Boyacá de las telecomunicaciones'. 'Un nuevo capítulo en la historia de la esperanza de los pueblos'. Una bolsería tras otra. Como si el tiempo no hubiera pasado. No hay continuidad entre la decisión tomada y la evaluación de los resultados. Lo importante es tomarla y emocionarse con el sorbo. Soberanos y patriotas, pero sin luz.
Este es un discurso que no sólo cala en los simples, en aquellos a los cuales el dogma de fe les secuestró el sentido común. También lo hace inexplicablemente en sujetos agudos, capaces de ver matices, como Clodosvaldo Hernández. Todos, incluyendo al respetado Clodosvaldo, piensan todavía que eso es ser de izquierda.
Para ellos parecen dedicadas las líneas del poema de Yoko Ono: 'traza un mapa para perderte'.
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