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C on el rostro poblado de tiempo, Gilberto Pinto resiste en las trincheras. No se amilana, no se encorva, no se pliega. A casi 80 años de edad, su espíritu no se cansa de denunciar -desde el frente teatral- la injusticia, la mediocridad, la falta de identidad, el engaño, la patraña. Firme y lúcido, lanza su verbo filoso con la misma precisión con la que lo hacía en sus años mozos para desmontar discursos perversos y desmitificar falsos ídolos.
Hace un par de años sufrió un infarto que lo llevó al abismo, al borde de la muerte. Tras haber sido operado varias veces, un marcapasos le mantiene de este lado del umbral. Gilberto Pinto se niega a morir.
Resiste. Y cuando llegue su día, su legado servirá de inspiración para quienes resistan en el futuro.
'Me he recuperado bastante.
Hace poco terminé dos piezas: El peligroso encanto de la ociosidad, que fue montada recientemente por Rajatabla; y La visita de los generales (IV Premio Nacional del Libro de Venezuela 2006), que será escenificada próximamente. En la sala Luisela Díaz se está exhibiendo mi obra La guerrita de Rosendo y en Madrid está en cartelera El hombre de la rata.
'Por los momentos, tengo prohibido hacer trabajos físicos, pero planeo dirigir La visita de los generales en marzo del año que viene. En ese momento estaré mucho más recuperado. El teatro exige mucho, no es un arte fácil. Estoy tratando de encontrar el mecanismo. Mi esposa Francis Rueda desea que le escriba un monólogo, pero quiero zafarme del espíritu de esos monólogos que se están escribiendo ahora, que son un desastre. En ellos, toda mujer lo que busca es mostrar cuántos hombres ha tenido. El teatro comercial está circunscrito a eso'.
-Sus obras se caracterizan por su carácter realista y social. ¿Cuándo surge esa inclinación? -Mi debut iba a hacerlo en una obra llamada Fuerza bru ta de John Steinbeck. El día del estreno, el director del diario La Religión publicó un editorial en el que tildaba la obra de inmoral, y que había sido escrita por un comunista, Steinbeck, que para el momento ya había sido galardonado con el Nobel y el Pulitzer.
'Para quedar bien con el clero, el ministro Mijares, de la recién instaurada dictadura de Pérez Jiménez, suspendió la obra y yo no pude debutar.
'En ese momento, yo, que tenía una idea romántica del teatro, y que me había acercado románticamente a él, me di cuenta de que el teatro era fundamentalmente político.
Ese día cambié mi manera de pensar y me convertí en radical, condición que me acompaña hasta hoy. Descubrí que el teatro es un transformador de transformadores. El teatro no hace la revolución porque no le corresponde, pero sí puede cambiar la mentalidad de los pueblos y prepararlos para que luchen por su futuro', dice el dramaturgo.
-A propósito de la revolución, ¿qué motivó la ruptura entre usted y el actual gobierno?
-Yo nunca estuve en el partido del presidente Chávez.
Sentía simpatía porque creí que él de verdad iba a hacer la revolución. De la misma forma he creído en todos los gobiernos, desde el de Rómulo Gallegos hasta este, y todos me han decepcionado. Todos han condenado al teatro a desaparecer.
'Lo último que existía en la mente del ex ministro de la cultura Farruco Sesto era culturizar al pueblo. El que mande, sea quien sea, tiene la obligación de promover la cultura. El que no haga eso encuentra en mí a un enemigo. Por eso comencé a pelearme con ellos, por esa indiferencia, por ese miedo que tienen de que el teatro diga cosas. El teatro, a diferencia otras artes, puede actuar sobre el analfabeta, y ese es uno de los peligros que ellos temen.
'Hace muchos años, en la colonia agrícola de Turén, presenté El hombre de la rata. La obra retrata a un esquizofrénico que anda por la ciudad huyéndole a una ratica que él había criado desde que era pequeña. El animal se agigantó y se volvió contra él.
En el camerino, después de la presentación, me comentaron que se había armado una trifulca frente al teatro entre copeyanos y adecos.
Los copeyanos les estaban diciendo a los adecos que la rata de la obra representaba su partido. Y era verdad. Es el único público que ha entendido ese símbolo. Una rata que mimamos y después se volvió contra todo el mundo.
Esos campesinos entendieron el símbolo que yo hice con toda mala intención', agrega el autor de La visita de los generales.
-En ese sentido, ¿cual debe ser el papel de los dramaturgos en este momento?
-Escribir con base en la realidad. El dramaturgo tiene que defender la verdad. Debe dirigirse a la sociedad en que vive. Pero tienen que ponerse los pantalones: por allí hay mucho dramaturgo evasivo y cobarde que no quiere respetar las leyes del teatro.
Cuando éste se desarrolló, en Grecia, era una conversación de un grupo de gente con la comunidad para plantear todos los problemas que tenían.
Ahora se ponen a escribir sobre una mujercita que a los 50 años quiere un macho.
'Lo más triste es que los espacios del Estado están en manos del teatro comercial. No hay sino que ver lo que presentan en el Celarg, La Casa del Artista y el Teresa Carreño.
No podemos abandonar esa trinchera. Decidí hacer teatro y lo decidí hacer honestamente. Todas las cosas que he montado y escrito tienen esa orientación. Por eso es que no tengo la popularidad de Chocrón, Cabrujas y Chalbaud, porque estoy fuera de la onda.
Siempre he estado en la acera contraria, haciendo un teatro que aunque no es popular es efectivo y combativo'.
-¿Se considera usted un militante sin partido?
-Yo ejerzo una militancia personal. Reflejo lo que siento de una situación, por encima de cualquier componenda política y por encima de cualquier beneficio. Cuando recibí de manos de Chávez el Premio Nacional de Teatro en Miraflores, le dije al presidente: 'Si usted no apoya la cultura, vamos a volver a la jungla'.
Yo se lo advertí, y ahora tenemos un pie en la jungla y un pie en la civilización.
-¿Qué opinión le merece la nueva dramaturgia que se hace en el país?
-Aunque las carteleras teatrales estén repletas de obras poco comprometidas, que bien podrían ser calificadas de evasivas, por suerte, hay matices.
Existe una dramaturgia emergente que se está produciendo sobre todo entre los jóvenes del interior del país. Hay una inquietud de ellos por hacer un teatro que diga algo.
El problema es que las salas están controladas por la burguesía, y hacer teatro popular en las salas burguesas no tiene sentido, porque ahí no van los obreros.
-Mucho se ha escrito sobre una banalización del discurso que desde hace años enfrenta el mundo. ¿A qué responde ese fenómeno? -Responde al liberalismo, a los mass media, que han habituado a la gente al divertimento y al arte que se pueda pagar. Lo que le queda al pueblo son las telenovelas que transmiten por televisión y siembran los valores más pobres, más estériles: Lugares comunes repetidos infinitamente. El mismo melodrama, la misma superficialidad, la misma mediocridad.
-Y esa generación de revelo, ¿llegará con nuevos mensajes?
-Noto que hay un asomo de retorno a la década de los años cincuenta y sesenta. Hay una inclinación a volver al teatro de protesta. Tenemos que combatir el teatro comercial, así me digan que tienen derecho de vivir.
'¿Quiénes son los que hacen el teatro comercial? Los que ganan 20 y 30 millones en la televisión. Mercaderes'.
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| Fecha publicada: 27/10/2008 Fuente: El Nacional Tema: cultura
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