Los venezolanos vivimos aterrorizados porque no sabemos, ante los altos niveles de inseguridad ciudadana, si al salir de nuestros hogares regresaremos con vida y, al mismo tiempo horrizados, por los hechos de sangre que a diario reseñan los medios de comunicación.
Antes se hablaba de la inseguridad de la Gran Caracas, pero hoy la violencia se ha esparcido por todo el territorio nacional como una plaga bíblica, desde las gandes urbes hasta los villorrios más remotos y humildes. Muchas de esas muertes son tan espeluznantes que parecen salidas de una película de una situación kafkiana.
Entre las víctimas no hay distingo, nadie está seguro sea cual fuere su estrato social, pero los que mayor peligro enfrentan son los habitantes de las zonas más humildes donde pululan pandillas fuertemente armadas que, cuando no se matan entre sí, buscan una víctima donde fuere.
Las páginas de sucesos reflejan hechos que van desde desaparecidos hasta plagiados, y los homicidios son cuantiosos.
Se anuncian planes, se planifican operativos y la situación empeora con los días. Los gatillos alegres se han hecho dueños de las calles. Jóvenes, ancianos, niños, hombres y mujeres, son acribillados a diario por las balas asesinas que disparan los desalmados.
Es sorprendente que teniendo el país tantos cuerpos policiales, incluyendo la Guardia Nacional, esta mortandad no cesa ni tampoco se percibe una respuesta de las autoridades gubernamentales para enfrentar esta tragedia que vive nuestro país desangrado. Tantos ministros que han pasado por el Despacho de Interior y Justicia y ninguno ha podido poner coto a esta mortandad. Nunca antes en nuestra historia, al menos en Caracas, se había visto tanta gente en la morgue para retirar a sus muertos.
En unos casos se habla de muertes por encargo o sicariato, como habría sido el caso, entre otros, de la nieta del extinto presidente Raúl Leoni, hecho en el cual resultó herida también una de sus hijas, Carmen Sofía Leoni de Moreno.
Los maleantes ya no respetan ni a las policías y desafían a éstas sin pudor alguno para robarle el arma, el chaleco o la moto a un uniformado. ¿Exageramos si decimos que la situación es caótica?, no creemos, realmente el miedo se ha apoderado de nosotros. No podemos dejar de desconocer tampoco que muchos habitantes no se han percatado del peligro y no toman las precauciones para exponerse al mínimo, pero al mismo tiempo no podemos hacer de nuestras casas unas cárceles.
Hace falta mano dura contra estos matones y pandilleros que desangran a Venezuela. REGRESAR |