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La popularidad en caída libre del Presidente George W. Bush, su pérdida del control del Congreso, las persistentes dudas sobre la marcha de la economía y, por encima de todo, su desacreditada reputación a consecuencia del desastre en Irak son datos, todos ellos, que amplifican la debilidad característica de los Presidentes de los Estados Unidos en su segundo mandato, pero, mientras que todos los gobiernos latinoamericanos contemplan las mismas noticias sobre los tormentos y tribulaciones cada vez mayores de Bush, sus reacciones ante el traspaso del poder en lontananza en los Estados Unidos son de tres tipos.

Podemos calificar la primera de realista: independientemente de quién gobierne en los Estados Unidos, se deben lograr resultados concretos.

Dicho de forma sencilla, independientemente de quién sea el Presidente de los EE.UU., lo prioritario será su programa, pero al mismo tiempo esos dirigentes cuentan con un alto grado de continuidad en la política estadounidense.

En esa concepción se basó el asentimiento del Brasil a que se incluyera la cuestión de los biocombustibles en una declaración conjunta y una reunión posterior de Bush y el Presidente Lula da Silva en Camp David. Lo mismo podemos decir del interés del Uruguay en el Tratado de Libre Comercio con los EE.UU., cuando está buscando opciones substitutivas fuera del grupo Mercosur de la región y Bush sigue muy interesado en los acuerdos comerciales bilaterales. Colombia, cuya alianza con los EE.UU. es anterior al Presidente Álvaro Uribe, quiere conservar el apoyo estadounidense en sus niveles actuales y ahora México debe conceder carácter prioritario a la lucha contra el tráfico de drogas y la inmigración ilegal, de conformidad con la política estadounidense. También Chile y el Perú se han ajustado a las prioridades de los EE.UU. subrayando su apertura a la inversión procedente de este país.

La segunda posición latinoamericana respecto de los EE.UU. está encarnada por el “chavismo” y representada por gobiernos populistas, que en muchos casos se sostienen gracias al petróleo y el gas y practican la democracia autocrática, al desconocer toda división constitucional de poderes y pisotear las instituciones independientes y la prensa. De hecho, esos gobiernos promueven reformas constitucionales encaminadas a autorizar la reelección perpetua y supuestas nuevas formas de participación que, en realidad, socavan la democracia desde dentro.

Como modelo político, el chavismo se basa en gran medida en el nacionalismo, por lo que, con Bush o sin él, su legitimidad requiere un antiamericanismo cada vez mayor. Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua han optado por ese tipo de inserción en el escenario mundial, del que también forman parte políticas económicas estatistas que demonizan la inversión extranjera.

Al mismo tiempo, esos gobiernos practican una diplomacia inspirada por una idea: después de lo sucedido en Irak, la hegemonía de los Estados Unidos es frágil, por lo que resulta provechosa una política de confrontación encaminada a debilitar al enemigo. Eso explica la extraña alianza de facto entre Venezuela, el Irán y Belarús y el fracaso de la candidatura de Venezuela a un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. De hecho, esa concepción de las relaciones internacionales se basa claramente en la consecución de influencia mediante el poder militar.

Por último, la Argentina corresponde a una categoría única. La actitud adoptada por el gobierno del Presidente Néstor Kirchner, muy alejada del realismo y en consonancia con su interpretación ideológica de las relaciones internacionales y su cada vez mayor aproximación a las posiciones del Presidente venezolano Hugo Chávez, vincula el antiamericanismo con el gobierno de Bush. Parece dar por sentada una victoria demócrata en las elecciones presidenciales estadounidense del año que viene.

Pero no existe garantía alguna de que, aun cuando ganen los demócratas, vayan a cambiar la política exterior de los EE.UU. Al fin y al cabo, no fue así en la transición de Bill Clinton a Bush. Además, algunos candidatos notables, como, por ejemplo, la senadora Hillary Clinton, apoyaron la invasión del Iraq, mientras que los demócratas son más proteccionistas que los republicanos y financieramente imprevisibles.

La verdad es que América Latina no ocupará posición eminente alguna en ninguna futura política exterior estadounidense. El terrorismo, la proliferación nuclear, el Iraq, el Irán, el Afganistán, el Oriente Medio y China son prioridades mayores, pero eso no quiere decir que los Estados Unidos no tengan interés en esa región. De lo que los EE.UU. carecen es de una política regional coherente para con América Latina comparable con la que existe en relación con Asia y Europa. El próximo Presidente de los Estados Unidos, sea quien fuere, debe formularla para que los ideólogos y soñadores latinoamericanos no se lleven la palma. REGRESAR


Fecha publicada: 25/04/2007
Fuente: Reporte
Tema: politica
Tags: Venezuela e Irán


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