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El Presidente de la República -que ahora gobierna a punta de encuestas- descubrió en estos últimos días que, como le sonó la flauta con el escándalo del arroz, entonces bien valía la pena seguir por ese camino para agarrar un poco de oxígeno. Y la verdad es que necesita bastante oxígeno, y del bueno, porque no le resultará fácil mantener la estabilidad futura del Gobierno ante un escenario económico nacional e internacional en crisis, y un frente político en el cual no cuenta con aliados fuertes y duraderos.
Por ejemplo, la clase obrera está profundamente dividida y la mayoría de los trabajadores es adversa al Presidente por su inexistente solidaridad cuando exigen mejores condiciones de salario y seguridad, de salud y educación, de vivienda y de transporte. Están hartos de su apoyo descarado a las cúpulas corruptas del PSUV, interesadas en los grandes negocios y en la obtención de jugosas comisiones en dólares que depositan en el exterior.
Entre esos altos dirigentes rojos rojitos no se ve ni se nota un gesto de solidaridad hacia los trabajadores, y cuando se les acercan es con el fin de pedirles el voto que necesitan para ganar unas elecciones. Y luego se olvidan. Allí están los trabajadores petroleros, los del Metro de Caracas, los de la CVG, Sidor y de la federación del sector público; incluso, los empleados civiles del Ministerio de la Defensa, que no tienen derecho a huelga ni a contrato colectivo.
Pero el populismo mediático sigue adelante, prometiendo lo que no puede ni está en capacidad de cumplir. El Presidente no cuenta con el apoyo de la clase media por una sencilla razón: la odia, la desprecia y la considera un impedimento para su revolución bolivariana. ¡Qué poco ha leído a Lenin nuestro Fidel Castro de Barinas! Ni siquiera es capaz de garantizar el abastecimiento de los productos básicos o el funcionamiento aceptable de los servicios de salud y educación, de seguridad personal o colectiva, para que la gente de ese nivel social genere una aproximación a su proyecto político.
Y ni se diga con los comerciantes y los industriales. Se les amenaza, se les persigue y, como si fuera poco, se procede a multar, clausurar y expropiar sus negocios y sus fábricas. Incluso, se les atemoriza diciéndoles que se les pagará no con dinero sino con 'papeles'. Vaya usted a saber qué significa, en el lenguaje chavista, 'pagar con papeles'. Lo más seguro es que esta expresión signifique algo parecido a la estafa del Stanford Bank: una promesa de beneficios que jamás será cumplida.
La insatisfacción popular, el malestar de la clase media y las exigencias específicas de los comerciantes e industriales para que se aclaren las reglas del juego económico, han sido sistemáticamente ignoradas por el Presidente de la República. No queda duda alguna de que el jefe del Estado ha renunciado a un acuerdo con la mayoría del país y pretende imponer, en vista de su debilidad política y social, un dilema violento y desgarrador.
Y no se puede aceptar ese dilema.
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| Fecha publicada: 09/03/2009 Fuente: El Nacional Tema: politica
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