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Por estos días el sol se afinca con saña sobre los caminantes, que agradecen los intervalos de sombra que ofrecen los árboles. A pesar de las toneladas de hojas de caobos y jabillos que se transforman en polvillo por toda la ciudad, y de que con sus raíces estos árboles revientan aceras, es grande nuestro agradecimiento cuando nos ponemos a su resguardo. Sobre todo en una ciudad como Caracas, en la que la enfermedad ya crónica de utilizar enormes fachadas de espejo goza de buena salud entre muchos arquitectos y promotores inmobiliarios. Basta caminar a las 3:00 de la tarde por la avenida Principal del Bosque, frente a la torre Credicard, para imaginarse lo que es estar metido en un microondas de escala urbana, recibiendo rayos solares a diestra y siniestra. Una experiencia urbana reproducida en los escenarios donde hay otros tantos edificios por el estilo, que a lo lejos destellan relucientes y a sus pies asan a los transeúntes.

Pero la idea no es hablar de esa arquitectura mezquina del 'espejo espejito...', que encuentra antagonismo en las galerías y pasajes de la generosa arquitectura de los años cuarenta y cincuenta, y en casos específicos en décadas posteriores. No se trata de un manifiesto contra esa arquitectura onanista, ni una crónica sobre comerciantes y residentes que talan árboles para ganar visibilidad y puestos de estacionamiento (que tiene antecedentes importantes en los inicios de la ciudad, como la tala indiscriminada de cujíes).

Lo que importa es la posibilidad de un cambio de actitud que pueda significar una diferencia entre moverse por una ciudad hospitalaria o transitar por una hostil.

Afortunadamente, incluso descontando el Ávila, Caracas parece ser una ciudad con mucho verde, y en el gusto de la gente está la idea de tener jardín propio, aunque sea del muro para dentro.

La gran excusa. La inseguridad ha sido un tema importante que ha puesto a prueba nuestra capacidad política, nuestras convicciones democráticas y los discursos de ciudadanía: en vez de volcarnos a buscar respuestas como sociedad, nos hemos replegado en un gran archipiélago de comunidades resolviendo a pequeñas escalas lo que es un problema de orden público. Y eso ha tenido consecuencias concretas, espaciales, en nuestra ciudad: caminar es toparse muchas veces con calles con garitas o rejas al pie de veredas y escaleras en el barrio. El muro coronado de alambres de púa y cercos eléctricos ha sustituido a los jardines abiertos o resguardados detrás de una verja. ¿Por qué muchos jardines de Los Chorros se amurallaron, por qué hicieron lo mismo los de las casas del Banco Obrero en las veredas de Catia? ¿Hemos logrado con esto mayor seguridad? Cuando uno ve la experiencia en otras ciudades del mundo, en las que se puede disfrutar visualmente de los jardines, uno se pregunta por qué La Estancia, en La Floresta, está oculta tras un muro, o por qué el campo de golf del Country Club adosado a la Francisco de Miranda ­anticipándose a lo que debería ser su destino: parque público­ no tumba el muro ciego que existe donde antes había una simple cerca.

Más allá de las operaciones e inversiones públicas en materia de parques ­abrir nuevos espacios verdes, adecuar y darle mantenimiento periódico a los que hay­, está el aporte que los privados pueden hacer para que caminar por la ciudad sea una experiencia más fresca, más grata.

A pesar de esta obsesión de 'enconchamiento', hay indicios que hablan de la posibilidad de una ciudad de jardines más abiertos, no sólo como espacios transitables a pie, sino como paisaje de resistencia al ritual del encierro, que a pesar de ser eventualmente vandalizados, conservan ese desprendido 'espíritu público'. A ello nos remiten estas gráficas.


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Fecha publicada: 10/05/2009
Fuente: El Nacional
Tema: acerca

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