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¿Qué es lo que pasa con el liderazgo de la oposición? ¿Por qué depende tanto de lo que dice o hace el presidente Chávez? ¿Por qué no logra plantear un discurso convincente de propuestas atractivas para las inmensas mayorías? Tenemos que hacernos estas preguntas si queremos propiciar un cambio político de fondo.
La oposición es esencialmente reactiva. De ella se escuchan las protestas, las denuncias, los reclamos ante los abusos, los disparates y las injusticias del régimen, y como todos estos dislates son cada vez más frecuentes y escandalosos, más y más frecuentes y escandalosas son las protestas de la oposición. Pero la oposición su liderazgo, sus voceros principales no brilla precisamente por sus propuestas cautivantes, para hacer del país donde vivimos un lugar donde pueda reinar el bienestar, la justicia y la igualdad de oportunidades para todos.
Simplemente la oposición no es interesante. Es absolutamente predecible en sus reacciones y peroratas.
Sin duda hay corrupción, inflación, escuelas en mal estado, escasez de viviendas, inseguridad, hospitales en pésimas condiciones. Es así y hay que denunciarlo. ¿Pero qué es lo que propone la oposición? Más específicamente, ¿dónde está el mensaje que enamore a los sectores populares? Ese mensaje no existe. Lo poco que hay de mensaje suena de la siguiente manera: 'Vean lo que trata de hacer Chávez y lo mal que gobierna. Nosotros los de la oposición gobernaríamos mejor'. Y para empeorar las cosas lo que se trata de transmitir carece de poder comunicacional. No emociona a quienes debe llegar.
Para desarrollar un discurso que alcance a los sectores populares, el liderazgo de la oposición debe cumplir, entre otras condiciones, con una que es fundamental: respetar a esos sectores para así descubrir su potencial. No hay manera de liderar a un colectivo en quien no se cree, al cual no se le atribuye virtud alguna.
Ningún líder puede denigrar de quien pretende liderar.
Desde hace largo tiempo ciertas élites desarrollaron la costumbre de señalar, con supina ligereza, lo que, a su parecer, son rasgos culturales negativos de los venezolanos, en especial de los sectores populares. Hablan del rentismo, de ese esperar un pedazo de la riqueza petrolera, y comentan que con una gente así no se puede construir un país productivo. Se espantan porque, de acuerdo con los datos de alguna encuesta, el pueblo venezolano valora más la igualdad que la libertad, por lo que pronostican que fácilmente podemos ser víctimas del autoritarismo demagógico. Se avergüenzan porque, en opinión de algunos analistas, el venezolano tiende a comportarse como un vivo Tío Conejo. Luego, así, con Tíos Conejos rentistas e igualitaristas, nunca saldremos de abajo. Esta manera de ver nuestra realidad cultural amerita una urgente revisión. Por ejemplo, lo de Tío Conejo puede entenderse como un espíritu de lucha contra el poderoso; el igualitarismo, como un potente antídoto contra el autoritarismo; y el rentismo, como la aspiración justa de recibir algún beneficio de una riqueza de todos que se ha quedado en manos de pocos.
El reto de un liderazgo poderoso consiste en encontrar la forma de aprovechar los rasgos de lo que somos los venezolanos para convertirlos en fuerzas a favor de la transformación política del país. Para eso tendrá que aprender a apreciar en el pueblo virtudes que muchos sociólogos, economistas, psicólogos o historiadores se niegan a ver. El genio político consiste, en buena medida, en la capacidad de ver la sociedad desde un ángulo distinto.
Dado que la política es acción, para quien la practica es indispensable identificar las virtudes del colectivo para apoyarse en ellas. Ese es el liderazgo que necesitamos.
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| Fecha publicada: 28/05/2009 Fuente: El Nacional Tema: politica
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