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El reto era grande. La obra creada por los entonces veinteañeros Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, no sólo tenía la complejidad de unir la orquestación sinfónica con la energía de un riff de guitarra eléctrica y voces que se pasean de la lírica al gospel, del soul al rock.
La visión actualizada del evangelio de Jesucristo Superestrella exigía también una amplitud de registros y tesituras vocales muy difíciles de conseguir, sobre todo si además debían contar con dotes histriónicas y coreográficas.
Pocas veces en el país se ven espectáculos de tal magnitud y ambición. Y el esfuerzo realizado por Producciones Palo de Agua, llevando a escena a un elenco de más de 40 artistas, todos venezolanos y de antecedentes diversos, acompañados de la Orquesta Sinfónica Municipal, tuvo un resultado digno e interesante en su estreno en el Aula Magna de la UCV, el pasado sábado 5 de mayo.
Sin embargo, diluidos los aplausos y el entusiasmo del primer día hay que enfocarse en los detalles.
Y aquí, problemas de sonido y ciertas deficiencias de vestuario enturbiaron la puesta.
EL TAMAÑO DEL RETO
A diferencia de otros montajes basados en el texto, como Los Nave gaos, en Jesucristo... cada carácter debe mostrarse en voz. La mayoría de los personajes, empezando por Judas y Jesús, ostentan líneas difíciles, con escalas extremas e inusuales para revelar sus respectivas personalidades.
Ante tamaño reto, hasta el veterano Cayito Aponte sintió sus limitaciones encarnando a un Caifás, de tonos bajos y profundos que hay que aclarar-, en la lírica venezolana siempre han escaseado.
Luke Grande, aunque tuvo sus momentos mejor logrados, encarnando a un Judas atormentado con energía rockera -como su última aparición, ya redimido a ritmo de soul- también sucumbió en algunas ocasiones, ante lo agudo de sus líneas.
La voz de Johny Sigal, menos conocida, resultó la gran sorpresa: potente y dramática por momentos, o dulce y melodiosa, según lo ameritara su papel. Las complicadas disonancias, cambios de tesituras y agudos extremos de su solo de Getsemaní, sonaron tan solventes, como las dulces y reconfortantes melodías de María Magdalena, interpretada por Karina.
SONIDO Y VESTUARIO
Sin embargo, los meritorios esfuerzos interpretativos se vieron trastocados por problemas de sonido, como feedbacks y fallas en micrófonos, graves al tratarse de un musical.
Los actores-cantantes supieron sortear las dificultades sin distraerse y hasta buscando alternativas, como cuando Grande -veterano sufriendo limitaciones de sonido en los bares, con su antiguo grupo de rock- levantó su micrófono, para controlar el feedback.
Lamentablemente los fallos se hicieron evidentes en las piezas colectivas, impidiendo que las sutilezas del "diálogo" entre la orquesta y el ensamble de voces de los seguidores de Jesús, por ejemplo, pudieran apreciarse plenamente. Se espera que en próximas funciones, estas deficiencias sean superadas.
En términos de escenografía y vestuario, resultó interesante la puesta minimalista e intemporal donde soldados romanos lucen como agentes antiterrorismo, y el águila romana en las banderas, dan la misma sensación que las esvásticas del Fürer.
Parte del vestuario se notó cuidado al detalle, como el traje afeminado de Herodes, el sencillo pero funcional de Jesús, o los más modernos de Judas, en cuero ladrillo y blanco. No obstante, María Magdalena no convencía como prostituta pobre redimida, en esos ropajes fucsia de odalisca. Y aunque la idea de actualizar el mercado en el templo, haciéndolo parecer un nido de buhoneros, podía resultar verosímil, la mercancía de utilería parecía más bien del skech de un programa cómico y barato de televisión.
Otra sonrisa fuera de lugar pudiera haber provocado el manejo que los actores hicieron de las armas, cuando uno de los seguidores de Jesús propuso radicalizar la lucha. La forma torpe como las sostenían, sin saber si apuntarse, jugar o apoyarse, le quitó todo dramatismo y credibilidad a la escena REGRESAR |
| Fecha publicada: 10/05/2007 Fuente: El Mundo Tema: entretenimiento
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