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El título de su libro no tiene nada que ver con el contenido.
De hecho, pareciera ser un compendio de incoherencias, donde el autor -en una suerte de Woddy Allen- asume sus “necedades” - “idioteces”, según César Miguel Rondón-.
A lo largo y ancho de 53 cuentos cortos, Iván Loscher hace un recuento de su vida misma. Comentó la mamá de Ely Bravo: “Es como si estuvieras hablando con Iván”. Refleja con guasa las particularidades vivencias del autor. Lo expresa el mismo Ely en su comentario de la contraportada:
“Iván me debe un dinero, ojalá se venda el libro”.
En principio, Loscher hace una antesala crucial, que va guiando al lector a comprender el peso protagónico -y real- que tienen sus hijos en el texto. “Me faltarían muchísimas páginas para explicar como me han hecho la vida extraordinariamente feliz”.
Sorprendentemente, como lo refiere Loscher, “todo lo allí narrado es inventado”... menos la conjunción entre el perfil del cuentista y el de sus estelares vástagos, quienes cuentan con la implacable y silente complicidad de la esposa.
Francisco Bautista -Kico-, prologista, corrobora la apreciación de los Bravo sobre el libro -o su autor-: “... es Loscher, tal cual”.
Cotidiano, urbano, humorista con detalle de la idiosincrasia venezolana, Loscher confiesa que es “en sí, una autobiografía”, de escritura fluida y armoniosa.
En uno de los cuentos – ¡Ja! Cómo se ve que Sartre no tuvo hijos–, el afamado locutor resume el proceso de su delirio existencial: “Proyecté ser psicólogo de grandecito y terminé trabajando de mecánico, luego proyecté ser arquitecto y logré vender ropa íntima en un local del centro, luego se me hizo clara la vocación de mi vida:
corredor de fórmula uno y conseguí trabajo como chofer de camión en una distribuidora de quesos...”, hasta que “por descarte” o “por fracaso” culmina como locutor.
A propósito de la referencia con el comediante norteamericano, corrobora: “sí, podríamos decir que existe esa analogía con Woddy Allen, a través de circunstancias con más peso sustancial, que superan al mismo sujeto, partiendo de una realidad cruel”.
Verdaderamente, el narrador se victimiza ante los avatares de la sociedad y la familia, pero el inocultable ingrediente del amor le inmersa en continuos éxtasis. Parte en serio, parte en broma, con prolífica imaginación.
No podía faltar el mundillo político, bajo crítica sutil, como en el último de los capítulos – “The black double” (en las rocas) –, donde se recrea a un doble de Aristóbulo Istúriz para expresar las dos personalidades del chavista ante su Presidente.
La autoburla, irónica y chispeante, roza, en ocasiones, el límite de la realidad del autor: “El hecho de ser un papá viejo, ya que tuve mi primer hijo a los 47 años, tuvo mucho peso en la construcción de la narración”.
Loscher, quien posiciona al libro como “un homenaje a la imaginación”, extrapola una frase de la película La Terraza, de Ettore Scola, y sintetiza su filosofía editorial: “el problema con nosotros es que somos seres trágicos que sólo sabemos manifestarnos en forma cómica”.
No en balde, el propio Loscher apunta satíricamente en la anteportada:
“Como pueden ver, debo un platal, gracias por comprar el libro” REGRESAR |
| Fecha publicada: 10/05/2007 Fuente: TalCual Tema: entretenimiento
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