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Vivir en Caracas nunca ha sido fácil. Si bien la fiebre del petróleo que comenzó en la década del cincuenta convirtió a la ciudad en una de las capitales más sofisticadas del hemisferio occidental, los crecientes desequilibrios socioeconómicos y la progresiva tensión política que existían mucho antes de Hugo Chávez siempre han hecho de Venezuela un destino difícil.
Un simple vistazo a la hoja de datos de viaje sobre Venezuela del Departamento de Estado de EEUU -que en el primer párrafo advierte sobre asesinatos, secuestros express y asaltos a mano armada- es suficiente para ahuyentar incluso al más viajero más experimentado.
La ciudad, sin embargo, posee un atrayente magnetismo para cualquier persona que haya vivido antes ahí.
Bendecida con un clima primaveral durante todo el año, Caracas se encuentra a solo horas de algunas de las mejores playas del mundo. Probablemente sea uno de los mejores lugares en Sudamérica para ir de compras y sus restaurantes de clase mundial siempre han deleitado los paladares de los más exigentes comensales. Con todos sus problemas, la ciudad ha sido capaz de retener incluso a aquellos opositores de la Revolución Bolivariana de Chávez. A pesar de los crímenes, las listas negras políticas y la inestabilidad social, pocos venezolanos que viven cómodamente en Caracas han podido encontrar un mejor lugar para vivir en otra parte del mundo.
Pero todo eso podría cambiar. Tres acontecimientos clave de este año han mostrado señales de una decadencia que podría ser irreversible. Aunque se puede debatir cada uno de los aspectos del proyecto de Chávez, es posible sacar adelante cualquier tipo de gobierno en una forma que funcione o en una forma que no funcione; y la de Venezuela simplemente ya no está funcionando.
En primer lugar, Caracas se está convirtiendo en una ciudad extremadamente cara debido a los controles en el tipo de cambio que ha aplicado Chávez y a su economía dependiente de las importaciones. De acuerdo con un informe de la consultora Mercer sobre el costo de vida para el 2009, Caracas se encuentra ahora en el lugar número 15 de las ciudades más caras del mundo, por sobre metrópolis famosamente costosas como Londres, Roma o Dubai. Cuando una caja de cereales Froot Loops en un supermercado de la capital venezolana se vende a US$54, las autoridades deberían darse cuenta que están enfrenando un verdadero problema.
En segundo lugar nos encontramos con los problemas de energía eléctrica de Venezuela. El país nacionalizó su industria eléctrica en el 2007 y consolidó las actividades de generación, transmisión y distribución en la petrolera estatal PDVSA y la recientemente constituida eléctrica estatal Corpoelec. Desde entonces no ha sido más que un deterioro constante, y este año el fenómeno meteorológico de El Niño ha llevado al sector eléctrico al borde del colapso debido a los bajos niveles de precipitaciones. Por su parte, la demanda sigue creciendo, a pesar de los llamados del gobierno para ahorrar energía.
¿No parece irónico? Uno de los países dotado con más energía en todo el mundo ya no puede proveer la suficiente electricidad para sus propios habitantes. Incluso si uno fuera seguidor de la Revolución Bolivariana es difícil fundamentar que los ministerios del gobierno o los operativos políticos a cargo de las compañías estatales están haciendo un buen trabajo.
Pero la mayor señal de incompetencia Bolivariana es el racionamiento hídrico que comenzó en Caracas el 2 de noviembre: zonas completas de la ciudad están experimentando al mismo tiempo cortes de agua por 48 horas. Tanto los hospitales públicos como los hoteles de cinco estrellas por igual están teniendo que prepararse para hacer frente a los períodos de 48 horas a la semana en que estarán sin agua.
El Niño está afectando a muchos países de toda la región, y los niveles de agua caída están dando dolores de cabeza a más de un gobierno. Pero, ¿acaso las autoridades no se dan cuenta de que los racionamientos programados no harán otra cosa que incrementar la demanda dado que la gente comenzará a acumular agua los días previos a los cortes? El hecho de que el racionamiento hídrico deba ser implementado en una ciudad importante a causa de un evento climático cíclico es síntoma de una mala planificación de proporciones criminales.
La electricidad y los servicios de agua son la infraestructura básica de cualquier ciudad civilizada. Uno esperaría problemas con los servicios básicos en zonas de conflictos bélicos o en lugares apartados a los que a veces recurren los occidentales cuando desean darse un descanso de la vida moderna. Pero, ¿en Caracas? ¿Una capital de cinco millones de habitantes? ¿Ubicada en un polo energético mundial? No. Esto es algo que ni siquiera los más fervientes opositores a Chávez se hubieran imaginado hace un par de años. La incapacidad de Venezuela para garantizar dichos servicios básicos realmente sorprende. Era casi irrisorio cuando el desabastecimiento de huevos y leche afectó la vida diaria en Caracas, pero no contar con un servicio estable de electricidad o agua es un asunto totalmente distinto.
Sin siquiera debatir los méritos del socialismo o de la Revolución Bolivariana, y sin siquiera hablar de política o democracia, es evidente que el gobierno de Chávez algo está haciendo mal. Ya no habrá mucho tema para debatir en Caracas. Uno simplemente tendrá que prender la luz o abrir la llave del agua para darse cuenta de que algo no está funcionando.
Los caraqueños están acostumbrados a lidiar con el crimen, la inestabilidad política y una burocracia gubernamental que parece, a lo menos, esquizofrénica. Los más acomodados aún podrán seguir comiendo sus Froot Loops, aunque les cueste US$50 la caja. Lo que está por verse es si querrán hacerlo a oscuras. Y ¿soportarán incluso los Chávistas más acérrimos vivir en Caracas sin poder ducharse o tirar la cadena del inodoro por 48 horas?
Nathan Crooks REGRESAR |
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