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Entro a una modesta tienda y mi distracción no me permite advertir la fila de rostros tensos, como si algo nefasto estuviese a punto de ocurrir.
Clientes y empleados apenas respiran, o lo hacen con tal incomodidad que el rictus del terror no sólo se refleja en los demás sino que parece contagiarse como un virus. Nadie había fallecido. Tampoco se trataba de un atraco. Era una pareja de funcionarios del Seniat que había llegado, luego lo supe, media hora antes y solicitó revisar los libros de contabilidad, lo que hizo con tal acuciosidad que era imposible no hallar defecto alguno en la facturación o en el asiento de las cuentas.
Fue tal la impresión que olvidé reclamar los lentes que me habían prometido para esa tarde y, en vez de retirarme y posponer el asunto, hice exactamente lo que optaron sin desearlo las seis personas que esperaban inútilmente ser atendidas.
Entonces, el desconcierto se transformó en voyerismo: ver a la gente del Seniat cumplir con tal prolijidad sus tareas no conduce a otra conclusión que a la elemental suspicacia.
Veintitrés minutos más tarde, la sospecha se vio compensada. Uno de los inspectores, con aire victorioso que dibujó un brillo en su mirada, dijo al otro: “¡ajá!... esta factura está incompleta”.
¿De qué se trata el asunto del Seniat? En dos ocasiones se lo he preguntado al superintendente Vielma Mora, y no ha dejado de dar la misma respuesta: cumplimos con la ley. Seguramente tiene razón, pero hay algo más en esa obsesión por clausurar panaderías, abastos o tiendas de ropa con tal goce, que alguien debería sugerir una administración de justicia o unos cuerpos policiales que actuaran de manera implacable y con igual celo y eficacia como lo demuestra el Seniat.En todo caso, el superintendente tributario debería sopesar mejor una respuesta más convincente, si oyera historias de indignación generalizada que quedan luego que el brazo del Seniat se deja caer contra los pequeños negocios, cuyos cierres administrativos sólo dejan como lección una palabra: terror. Sería necio discutir la pertinencia del Seniat en cumplir con sus obligaciones, pero da igual para los clientes que inesperadamente presencian estos actos masivos de clausuras y que luego son exhibidos como trofeo en una larga lista de nombres, sin antes haber dejado una lección. Cuando se llega al límite en el que parece gravitar hoy el país, hay derecho para preguntarse si al final el propósito no es otro que acabar con la última empresa y dejar que la revolución se encargue de destruir todo intento de progresar.
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